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Una descafeinada corrida de Cebada salpicada de percances

Barquerito

Pamplona. 4ª de San Fermín. 8 julio 2010. Lleno. Bochornoso. COLPISA

Un toro de buen son, el tercero, y una faena de buen trazo de Morenito de Aranda. Herido en una oreja Marco y en una mano Sergio Aguilar. Un calor sofocante.

Seis toros de Cebada Gago. El primero se jugó de sobrero y salió áspero. Corrida de bonito y desigual remate. Ofensivo pero cobardón y rajado el segundo, muy astifino. El tercero, noble, dio buen juego. Se dejó el quinto, bondadoso. El cuarto se defendió; el sexto se vino abajo.
Francisco Marco, de rosa y oro, silencio en el único que mató. Volteado por el cuarto en el saludo de capa, sufrió desgarro casi completo de una oreja. Sergio Aguilar, de malva y oro, silencio en los tres que mató. Jesús Martínez “Morenito de Aranda”, de rosa y oro, vuelta tras un aviso y silencio.

Morenito de Aranda con los Cebadas (Silvia Ollo)

EN LA CORRIDA de Cebada vino un toro de son y aire buenos. El tercero. Guinda de una corrida cinqueña. Todos cinqueños, menos el sexto, que, plácido espíritu, tuvo menos cara que los demás. El sexto se corrió de quinto porque el festejo quedó marcado por una rareza: los tres toreros coincidieron en la enfermería después de ser arrastrado el cuarto.

Al lancear de salida y fuera de las rayas a ese cuarto, Francisco Marco fue arrollado y volteado, perdió el sentido y, alarma general, fue llevado en brazos de las asistencias a la enfermería. Llevaba colgando la oreja izquierda, desgarrada no se sabe si por el garfio de la divisa o por el pitón o una pezuña del toro. En una de las camillas de la enfermería se estaba atendiendo a Morenito de Aranda de una lesión en el hombro derecho, nueva o antigua, pero resentida al atacar con la espada el torero de Aranda. Pocos se percataron de que, después de una cargante y empachosa vuelta al ruedo, Morenito de había metido a ver a los médicos.

El toro que tumbó a Marco entró en el turno de guardia de Sergio Aguilar. Se defendió y arreó, las dos cosas, y pegó muchos cabezazos. Uno de ellos fue como un zarpazo que hizo presa en la mano derecha de Sergio. Sergio despachó el toro, que fue de 600 kilos, volumen desusado en la ganadería de Cebada Gago. Estaba hasta los topes la enfermería. Pero en la presidencia no se había recibido la noticia de que, de momento, la corrida estaba virtualmente suspendida.

Asomó el pañuelo blanco para la suelta del quinto. Con gestos desde el callejón consiguieron interrumpir el curso. Diez minutos estuvo parada la fiesta. Ese parón de diez minutos fue lo nunca visto en Pamplona. Cundió el desconcierto. El calor era asfixiante, coros y charangas de las andanadas de sol calentaban todavía más el ambiente, nadie sabía qué estaba pasando. “¡No hay toreros…!”, dijo una de Beriain. Los había, pero se estaban curando de heridas de guerra.

No fue una corrida especialmente belicosa de Cebada. Ni tan agresiva como suele o solía. Ni tan armada tampoco. Agrio el sobrero, rajadito de manso el segundo, bueno el tercero, de arisco genio el cuarto. De manera que no era de lógica que los tres de terna estuvieran en las sabias manos del doctor Hidalgo, cirujano jefe de Pamplona. Por el marcador electrónico se anunció al fin que “en los próximos minutos” saldría Morenito de Aranda. Casi un cuarto de hora. Morenito salió en chaleco, que es, en torero, como en mangas de camisa. Despojado de la chaquetilla, que debería dar un calor insoportable. Pero tocado con la montera de toda la vida. Como si la montera –fieltro, franelas, lanas, rasos- no diera calor.

Se corrieron turnos, porque Aguilar hizo saber que saldría a matar el segundo de su lote. El corte de festejo fue como un puntillazo. El toro que Morenito mató casi en mangas de camisa, colorado melocotón, justo el trapío, fue tundido en el caballo. Picadillo. Se supone que el toro tuvo bondad. No hubo ocasión de dejarlo probado. De acá para allá un trasteo ligero. Una estocada tendida, dos descabellos. El toro que esperaba a Sergio Aguilar fue un  precioso ejemplar, lustroso, negro listón, fino hocico en “condelacorte”, cuajo. Engatillado, menos armado que el primero de lote, pero muy justitas las fuerzas. Se las dejaría en la carrera matinal. Espléndida la estampa del toro. Pero sólo la estampa. Duró un suspiro. Buena la apuesta de Aguilar: firme en dos ayudados preciosos y uno de pecho, ajuste, verdad al ponerse. Pero se vino abajo el toro. Cuando ya pesaba la corrida como un camión de mercurio.

Al toro de la corrida le hizo Morenito una faena de color, resuelta, rapidilla pero suave: de dar al toro buen trato. Y de agradecerlo el toro, que quiso todas las veces, y por las dos manos. Hay toros a los que se puede y conviene cortar en Pamplona las orejas, y éste fue uno de ellos. La gente entró en el negocio algo tarde. Por lo que fuera. La muerte lenta, una rueda de peones. Al debut del torero de Aranda de Duero en sanfermines le faltó firma y rúbrica. El primero de corrida, de hechuras soberbias, se tronchó la pala de un asta al rematar de salida. Lo devolvieron. El sobrero pegó cabezazos por falta de fuerza. Buen oficio de Marco. Una estocada. El segundo cebada, capirote y ensabanado, botinero, fue el único que se perdió en el encierro. Acusó el gasto de la pelea acorralada con cabestros y pastores. Cobardón, se fue a tablas dos o tres veces seguidas, se aculó en ellas. Aguilar lo enhebró con la espada en el primer ataque, pero la estocada, al tercer intento, fue magnífica.

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