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La pesadilla de Paco Ojeda

Joaquín Vidal

Publicado en “El País” el 15 julio 1983
  • Plaza de Pamplona. 14 de julio. Octava y última corrida de San Fermín. Toros de Jandilla (Juan Pedro Domecq), pequeños, flojos, con casta.
    Niño de la Capea.
    Estocada traserísima y baja (silencio). Pinchazo, estocada corta atravesada y dos descabellos (silencio). Emilio Muñoz. Pinchazo y bajonazo (algunos pitos). Bajonazo (silencio). Paco Ojeda. Tres pinchazos, rueda de peones -aviso con retraso-, otros dos pinchazos, bajonazo, rueda de peones y descabello (división y saludos). Pinchazo y bajonazo (Palmas).

Paco Ojeda (Las ventas.com) Un torito le salió ayer a Paco Ojeda en Pamplona que fue su pesadilla. Aún debe estar soñando con él, si es que pudo pegar ojo, después del gran fracaso. Torito era, chiquitín. Nada que objetar al tamaño, pues ya es sabido que los juanpedros nacen, crecen, embisten y doblan dentro de pequeña caja, lo cual no desmerece su condición de toros. Les ocurre lo que a los humanos, que pueden ser chiquitos pero matones. En cambio, si se debe objetar que careciera de fuerza, hasta el punto de que la suerte de varas fue simulada y el individuo del castoreño, bien que a su pesar, le metía pica poca.

Pero el torito, de casta pura y brava sangre, se fue arriba, y volvió loco al fenómeno Paco Ojeda. El fenómeno Paco Ojeda no sabía ni por donde le venían las embestidas. Para distanciarlas y aliviarlas, abría tanto el compás, que se iba a herniar; es decir, que estiraba la pierna, estiraba el brazo, estiraba la muleta, cogida por la puntita del estoquillador para echar fuera cantidad de tela. No le quedaba nada más que estirar, y los del callejón debieron ser previsores y allegarle una caña, para que en un extremo colocara la pañosa.

Repetía el torito las embestidas, y a medida que el fenómeno era incapaz de dominarlas, acentuaba su codicia. Dos veces revolcó a Ojeda, el cual perdía terrenos, sitio y papeles, y a la hora de meter la espada, tampoco sabía por donde. El torito se había hecho el amo.Escuchó Ojeda un aviso, que pudieron ser dos si el presidente llega a aplicar con la debida puntualidad la norma horaria que rige para el tercio.

Aún no se le había pasado el susto al vertical diestro sanluqueño cuando tuvo que medirse con el sexto, más serio toro pero de peor condición (o quizá mejor; depende del estilo del artista), pues se mostraba reservón, con la cara alta. Hubo tres ayudados por bajo buenos de veras, rodilla en tierra y, a partir de aquí, yerma faena, mediocre interpretación del unipase. Así oficiaba el artista: colocarse, pegar uno, rectificar distancias, volverse a colocar durante un buen rato, pegar otro. Remataba con el de pecho, sin limpieza, plegaba la muleta, y se daba un garbeo por ahí, no se sabe si para que se refrescara el toro o para refrescarse él mismo, que apretaba la calor, y el de las astas, no menos.

Producido el fracaso, cabe concluir que ambos juanpedros eran de su contraestilo. Entiéndase: para un fenómeno, un toro no debe embestir tanto como el tercero -¡estaríamos locos¡- ni tan poco como el sexto. Debe embestir una cosa media, de forma civilizada, a gusto del consumidor, sin molestar; que vaya cuando se le llama, y si no se le llama, que se quede tranquilo, ramoneando o escuchando la radio; que le digas “¡toma, toma, capullíto de alhelí” y te pegue un lametón amoroso. Con otro tipo de toro -lo saben taurinos- a ver quién es el guapo que mantiene el tipo de figura.

Niño de la Capea exhibió acelerones, tirones y enganchones con un noble ejemplar de casta, y porfió voluntarioso con un aplomado. Emilio Muñoz dio muchos pases a un inválido, y pocos a un pequeñín descaradete de pitones que tenía media arrancada y el colmillo retorcido.

En cambio, Emilio Muñoz hizo gala de colocación irreprochable, siguió de cerca la actuación de Ojeda cuando los revolcones y estaba presto al quite, en tanto Niño de la Capea, acodado en barreras y desmonterado por las antípodas, asumía el papel de espectador y sólo le faltaba colgarse al hombro la bota y pegarle tientos.

Al público le defraudó mucho la presentación de la corrida de Jandilla, que desentonaba del impresionante trapío que han lucido casi todas las demás en esta Feria del Toro. Se comprende, pero no hay que culpar a los organizadores, pues cada ganadería es como es y los juanpedros, con más esqueleto y grasa, ya no serían juapedros. A mayor abundamiento, ahí están los resultados: uno de ellos volvió loco al fenómeno del momento, y ahora es su pesadilla. Hará bien Ojeda si, en el futuro, procura añadir técnica a cuanto le sobra de alarde, por si le sale otro. Lo de la vertical impavidez”, ayer se convirtió en desenfrenado perneo.

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3 respuestas a “La pesadilla de Paco Ojeda”

  1. Félix dice:

    Yo vi esa corrida y Ojeda se dejó matar en el sexto, que le cogió cuatro o cinco veces dentro del desmadre habitual en la plaza de Pamplona. La crónica de Vidal es propia de un tío que jamás se ha puesto delante de un toro y no tiene ni idea de lo que pasa ahí abajo. Así se permite ese cachondeo fuera de lugar que le descalifica totalmente.

  2. Maestro, yo no estuve en la plaza, pero doy fe que Vidal no fue el único en verlo así.

    Zabala Portolés tituló: “Paco Ojeda perdió la Cabeza” http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1983/07/15/047.html

    Tendremos que pedirle la opinión al propio Ojeda.

  3. Félix dice:

    Mariano, coincido con Zabala en lo de torpeza y falta de habilidad, lógicas en un tío que llevaba muy pocas corridas toreadas desde la alternativa (había estado dos años prácticamente parado). Pero Zabala también habla varias veces de coraje, pundonor, etc. y es que algún mérito tiene un torero que llega a Pamplona con 80 corridas firmadas después de abrir en un mes la Puerta del Príncipe de Sevilla y dos veces la Puerta Grande de Madrid (¿alguien ha repetido eso?), y se la juega de verdad sin hacerle ninguna falta, cuando lo fácil es taparse, picar fuerte al toro y cumplir el expediente. Eso es vergüenza torera y casta, por eso Ojeda fue figurón del toreo y está reconocido como un innovador, porque buscó el imposible muchas veces jugándosela más de lo razonable. El tono de Zabala es profesional y no hay mala leche, me parece bastante atinado y no tiene nada que ver con Vidal, que siempre quería enseñarnos lo gracioso que era y lo bien que escribía a costa de mofarse de gente con muchos más cojones que él. Recuerdo algo que le dijo Muñoz a Ojeda un día de aquellos: “Paco, la sangre que nos vas a costar”. O lo bien que hablaba Ordóñez en privado del sanluqueño, a quien llevó varias veces a la Goyesca para darse el gusto de verlo torear en su casa. Eso me vale, lo que dicen los que saben de esto, no los listillos con gracia para molestar. Si puedes ver el vídeo de aquella corrida, creo que también pensarás que el cachondeo sobra, aquello fue emocionante y tenso de verdad.

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