Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Aplomados “peñajara”

Manuel Sagüés

Publicado en Diario de Noticias el 8 julio 2010

A los amigos de Nabarralde les podrá acarrear un dilema, pero Navarra no es ni una provincia ni una región ni una nación: Navarra es un continente. Por lo menos eso es lo que me dijeron en jota unos de Funes al mediodía. Lo digo porque el que me lo creyera me obvió tomar ninguna postura ante el colosal lío politiquero de la corrida con palmeos, pitos, mosaico negro y guerra de banderas (alemanas, ikurriñas y españolas).

El disfrute estuvo en saborear un año más del paseíllo del siete de julio en Pamplona: un arco iris con los mejores colores del universo taurómaco. Y ya en materia, se contaba con el mejor escaparate posible: un corridón de Peñajara en que cada uno de sus ejemplares podría haberse disputado la portada del revistero La Lidia. Mucha fachada, pero contenido con exceso de plomo. Una pena. Quizá los restos de la epidemia que sufrió la vacada de El Hoyuelo el año pasado…; quizá el calorazo… Desde luego, correr la Hiru Herri a 15 grados es mucho mejor que hacerlo a 30 o 35.

Un tío, Pistolito, toro que abrió plaza, auguró con su cansina y escasa movilidad que la corrida iba a ser pareja en lo deslucido de su comportamiento. Noble sí fue el encierro, pero sin fondo de casta y sin el recorrido suficiente para convertir la rectitud en curvatura. La acometividad de los peñajara se quedó en rincles calamocheantes sin opciones a cualquier lucimiento; menos aún, a cualquier tipo de ritmo y ligazón. Tampoco ofrecieron ninguna emoción o congoja por fiereza corrupia. Los aficionados más toristas hubieran tenido algún argumento en las posteriores tertulias hoteleras.

Quedó un poso más de indiferencia que de disgusto, con los hipotálamos más orientados al mundial futbolero. La mejor prueba de esa indiferencia fueron los cinco silencios y un saludo (por su cuenta pero más que merecido) de Cortés que apostillan las reseñas de la función.

Diego Urdiales llegó con mucha disposición a Pamplona. Y se justificó con entrega y valor. Sobre todo ante Pistolito. Firme el de Arnedo a la verónica y por chicuelinas y limpio con la muleta en redondo ante el cabeceo del toro al cielo pamplonés. Ante el cuarto, un bellísimo castaño oscuro y aparejado, también presentó mucha voluntad, mas sin encontrar ninguna respuesta aprovechable. La gente, aquerenciada en la merienda, no le echó cuentas. Mala suerte, otro año, para el riojano.

Escalero, otro castaño de sobrecogedora arboladura, duró sólo dos tandas: las aprovechó Luis Bolívar con aseo. El animal claudicó al verse engañado. El quinto, Chucero, fue otro peñajara de soberbio escaparate pero con el único contenido de admitir de buena gana los primeros muletazos de las tres primeras tandas que le manufacturó el colombiano. El personal ya estaba más con el fútbol que con lo que podía acontecer en el ruedo.

Salvador Cortés dibujó los mejores pasajes de la tarde al sardo Paquetito, toro flojito pero con la virtud de ser el único ejemplar que humilló y llegó a hacer tímidamente el avión. En banderillas se desmonteró Luis Mariscal. Cortés dio sitio, pausas largas y logró el acoplamiento por momentos. Una tanda al natural fue breve pero profunda. Epilogó por alto sin compas. El 6º, también flojo.

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