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Unos muletazos de Emilio Muñoz

Joaquín Vidal

El País – 14/07/1994
Toros de Marqués de Domecq, bien presentados en general aunque sospechosísimos de pitones, escandalosamente despuntados 4º y 6º flojos, encastados; 21, bravo, derribo dos veces.Emilio Muñoz: pinchazo bajo, espadazo infamante en la tripa y descabello (pitos); pinchazo, media caída y dos descabellos (vuelta). César Rincón: pinchazo bajo, media tendida escandalosamente baja perdiendo la muleta -aviso- y descabello (silencio); dos pinchazos, otro perdiendo la muleta y saliendo perseguido, media atravesadísima tirando la muleta, pinchazo infamante en la paletilla -aviso- y tres descabellos (protestas). Sergio Sánchez: pinchazo y estocada saliendo volteado (oreja); estocada caída (palmas). Plaza de Pamplona, 13 de julio. 8º corrida de feria. Lleno.

Emilio Muñoz (Reuters)

Cuando la feria sanferminera ya periclita y se llevan vistos ocho festejos, 48 lidias tirando a malas, dos millones de derechazos, naturales tires, uno se queda con los muletazos con que Emilio Muñoz abrió su faena de muleta al cuarto toro, solicítase perdón (respetuosamente) por llamarlo toro. Esos muletazos parecían de otra galaxia, seguramente porque habían sido sacados de una tauromaquia distinta a la que estuvieron empleando los diestros de todas las categorías, edades y fortunas a lo largo de las 48 lidias tirando a malas que conforman el oscuro historial de esta lamentable feria sanferminera.Instrumentó Emilio Muñoz esos muletazos a izquierdas, embarcando suavemente al toro, mandándole en todo el recorrido de la suerte, con naturalidad, empaque, tronío y ole. Recordó al Emilio Muñoz de los primeros tiempos, aquel chiquillo que se presentó precisamente en una de las novilladas inaugurales de la Feria de San Fermín -ya ha llovido-, toreó como los ángeles y dejó golosos los paladares de los aficionados más exigentes.

El toreo de Emilio Muñoz entonces parecía formado en la alta escuela de los Bienvenida, con un aderezo de gracia trianera, y nada más verlo se convirtió en la esperanza de la afición. Luego el diestro se hizo mozo, le vinieron las prisas, se llenó de crispaciones, perdió gusto y temple, y pasó a ser uno del montón. Pero quien tuvo, retuvo; y en ese cuarto toro del marqué -se pide perdón (respetuosamente) por llamarlo toro, rebrotó la pureza del cánon, la luminaria del arte, que seguramente aún le rebulle en lo recóndito del alma. La faena de muleta que siguió resultó honda aunque también forzada, con detalles de buena torería entremezclados con los alivios innecesarios del pico y astutas incursiones en el costillar, que es recurso de seguro efecto cuando hay en los tendidos un público bullanguero, cantarín y aplaudidor, como era el caso.

A su primer toro, manso declarado, lo trasteó con las violencias crispaciones y respingos propios de sus años mozos. No fue el único, ni siquiera el peor. Porque compareció después César Rincón que tuvo la actuación más desafortunada de toda la feria. Bravo su primer toro, no pudo con él en ningún momento, y el quinto, que desarrolló nobleza, lo trajo por la calle de la amargura. Cual si se tratara de un principiante aterrorizado, César Rincón ponía por delante el pico para alejar la cabezada, rectificaba precipitadamente terrenos, no paró de correr, acabó desarmado y achuchado, mató a estilo charlotada en plaza de talanqueras. Este César Rincón que ha pasado por Pamplona no se parecía al César Rincón héroe de Las Ventas y otros cosos, ni en el traje.

Sergio Sánchez, en cambio, echó el resto, en un esfuerzo supremo por abrirse camino en el siempre proceloso escalafón de los matadores de toros. Capoteó, banderilleó y muleteó animoso, con las limitaciones propias de su menguado sentido del arte, y por aferrar el triunfo que ya tenía cercano en su primer toro, consumó la suerte suprema volcándose sobre el morrillo. Entró la espada mas el diestro salió por los aires igual que un pelele y cayó de mala manera. Se le concedió la oreja, que había ganado a ley y dio una apoteósica vuelta al ruedo.

Al sexto toro no Pudo sacarle faena Sergio Sánchez porque el animal se simplemente aplomó. La verdad es que ese toro del marqué no era. de recibo, por el estado de sus pitones. Ni ese, ni el vergonzante cuarto, ni ninguno.  La corrida entera dio la sensación de estar afeitada, o, en su defecto, mutilada por accidente. En cualquier caso, se trataba de una corrida impresentable, sobre todo para la que quiere ser y pomposamente llaman Feria del Toro.

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Una respuesta a “Unos muletazos de Emilio Muñoz”

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