Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Usar y tirar

Iñaki Desormais

Extracto de “El Tendido de Sol”, VVAA, Colección breve de temas pamploneses, Ayuntamiento de Pamplona 1992.
Tendido de sol (foto: Patxi París)

[…] No pensarán uds., amigos lectores, a estas alturas, librarse de una anécdota.  Ahí va:

Por los más tempranos años setenta tenía yo la fortuna de pertenecer a una cuadrilla castiza, más o menos de treintañeros, todos con buen sueldo y casi nadie con obligaciones familiares. Las bebidas tiraban a refinado, las meriendas se encargaban en bares de élite, por ejemplo el bar del Labrit, una cazuela de atún con tomate, cordero en chilindrón o cualquier cosa igualmente ligera y distinta cada día y en los toros disfrutábamos de sublime para arriba.

Cierta tarde ocupábamos una de las filas más bajas del tendido, casi contrabarrera, y el picador de turno se había comportado groseramente con el toro y se dirigía, con cínica impunidad hacia la salida, si bien, como ya era la segunda mitad de la corrida, después de la merienda su lento cabalgar hacia un portazgo abierto en la barrera se amplía bajo una lluvia de panes, rollos de papel higiénico, y objetos blandos de todas clases, que por momentos impedían la clara visión del barrigudo jinete, igual que bajo una lluvia torrencial.

El tipo sin embargo salía con una grasienta sonrisa ladeada, como quien se recrea, contra toda decencia, en la organizada inferioridad del pueblo para castigar las fechorías con que se le ofende. Mi brazo zagal, a la sazón me proporcionaba por cinco duros, por el precio de una o dos tiradas, toda clase de premios en las barracas, monos colgados de gomitas, peluches, balones, era un lapa casi pastoril del lanzamiento atlético-festivo, y como no soy partidario de la acción directa sino como última solución, y el varilarguero ya empezaba a alejarse de nuestro enfoque, puedo alegar «instintiva repugnancia y falta de verdadera pre­meditación» en aquella ocasión, la única vez que he arrojado algo contra un ser vivo, siendo ya adulto.

Cogí medio bocadillo que rodaba por nuestros pies, empapado en licores y salsas diversas aunque consistente todavía para la media dis­tancia, y sin lanzarlo recto ni con fuerza, sino en piadosa vaselina, como quien juega a la rana, situé el alimento en la mejilla que el presuntuoso picador consideraba perfectamente abrigada contra los proyectiles mer­ced a la inclinación de su «calañés». En medio de aquel diluvio de vituallas errantes el barrenador no esperaba un impacto tan preciso, tan blando y tan inexcusable, mi pellazo redimió en aquella siniestra mejilla a los tres mil mozos que desde otras posiciones lanzaron y no pudieron acertar, y como el tío no esperaba algo tan grande ni tan certero farfulló algo que entendimos todos cual si fuéramos especialistas en disfuncio­nes del lenguaje, «hijoputa» intentando castigar así todo aquel océano de pública justicia,

Uno de la cuadrilla, no muy inspirado esta vez, me dijo, «ahí va, joder lo que te ha dicho», a lo que argüí automáticamente, «¿Y cómo sabes que me lo dice a mí? a lo mejor piensa que se lo has tirado tú», en efecto el hombre tenía ya sus ojos cerrados y los párpados y las mandíbulas prietas, no fiándose ya por nada de la inocuidad del chaparrón, del que sólo al cruzar la valla se vio a cubierto.

Y yo me digo, redimidos compañeros míos, todo el tendido en gene­ral, ¿es que sólo se va a poder infringir el reglamento vestido de torero, de guardia o de concejal? Ah, ciertamente que no, los vestidos de simple mozo tienen derecho a todas las libertades de la fiesta y de la vida, siempre que no se traspase el neminem ledere, (no dañar a nadie) tal como un blando bocadillazo simboliza y ejecuta perfectamente, como norma vital de conducta ante los infractores irredentos.

Por otra parte, aunque ahora es moda echarle toda clase de cuento y falsa piedad a cosas que nos importan un pito, y cada vez parece tener mejor prensa ecologista la marquesa del lulú-chocolatines, lo cierto es que varias generaciones de lectores han disfrutado como las más resaladas del mundo, anécdotas de Iribarren, desde Calahorra a Tudela, como la de aquel picador que llevaba la cabeza vendada porque le habían tirado un pimiento relleno… pero con una piedra dentro.

Ese no era nuestro estilo. Mi candido bocadillo al menos, en los primeros setenta, sirvió para demostrarle a aquél abusón infractor del reglamento, que asesinaba al toro con la pica para que luego su matador saliera del paso con una multa de cinco mil pesetas y toreando hervíbo-ros agonizantes, que en Pamplona hacer la carioca3 a los toros puede no ser exactamente lo mismo que en cualquier otro pueblo, porque aquí sabemos que el toro es nuestro propio corazón y no nos faltan panecillos ni puntería para testificarlo.

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