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Un nolotil y un caramelo

A paso de Banderillas

Publicado en Diario de Navarra el 9 julio 2011

Si uno tira de Vademecum, el nolotil es un medicamento de efectos analgésicos, antipiréticos y espasmolíticos. Como a uno semejantes palabros le suenan a cualquier cosa, prefiere no mirarlos. Pero un nolotil y un caramelo es lo que le dieron a David Mora al salir de la enfermería para matar al sexto toro.

David Mora (foto: Diario de Navarra)

El matador acababa de ser operado del gemelo y nadie en la plaza lo sabía. Llevaba un “tabaco” de diez centímetros y una herida recién cosida. Una intervención que a cualquiera de las veintemil almas presentes hubiese dejados postrados en la cama. Pero no a un torero con ganas de serlo. Un matador que en su día se fue a vivir a Borox, para beber de las mismas fuentes que Domingo Ortega.

Había que verlo en la plaza, clásico y de estreno. Dando los pasitos justos, parando templando y mandando. Ciñendo las embestidas. Ejecutando faenas de valor y cánones clásicos. Metiéndose al toro a los riñones. De las que hacen asentir a los aficionados y vibrar con los remates y los pases de pecho. Hasta el punto que un aficionado, al acabar la faena de Mora al tercero se maldecía por el poco eco obtenido diciendo: ¡si es que ni en sombra quedan aficionados!

Recordaba la frase del aficionado al guión de “La vaquilla”, donde dos contendientes berlanguianos se despiden frente a un animal agónico entre trincheras diciendo “es que ya no queda afición”. El guión de la película lo firmó Rafael Azcona, que de toros en la Ribera del Ebro sabía un rato. Y la frase del aficionado de guardia tuvo algo de premonitorio.

Muchas de las localidades de la plaza se encontraban ayer plagadas de villamelones, que es como llaman en México a los domingueros. Foráneos y lugareños. La Policía Foral puso ayer muchas multas, no sólo a los piqueros. Y no sólo estaban en las andanadas de sol, se encontraban diseminados por todo el ruedo. El faenón de David Mora al sexto finalizaba con el toro agonizante vendiendo una muerte amorcillada en la puerta de areneros. Algunos patas vieron ahí su minuto de gloria haciendo blanco sobre el torero.

Y la reacción de la plaza fue, por fortuna, una redención a tanto comportamiento de bochorno. Los del sol o los de la sombra, los del txoria y los de la jota, los del bombo y los del tecno, salían en defensa del torero nuevamente herido. La escena volvía a tomar tintes berlanguianos con tan inmediato cambio de criterio. La Plaza de Pamplona había sido hasta ese momento un coso entre  autista y patibulario pero, rotas las trincheras, se unía al reclamo de un torero. Un pedazo de torero.

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Una respuesta a “Un nolotil y un caramelo”

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