Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Un Infundio

Barquerito

Publicado en “Aplausos” el 16 julio 2012

EN EL RECONOCIMIENTO previo al sorteo del 11 de julio fue rechazado el toro Infundio de Fuente Ymbro. Era la quinta de las ocho corridas en puntas de San Fermín. Miércoles de feria, diría un sevillano de a pie.

Cuesta recordar el caso de un toro así de famoso antes siquiera de jugarse. La foto vertical de tres cuartos de página que se publicó en Aplausos hace dos semanas y las fotos que los dos periódicos de Pamplona contribuyeron a la celebridad. No se había visto en sanfermines otro de tanto velamen nunca. Jamás.

Infundio entrando en los corrales de la plaza de toros (Carlos Calleja)

Ni aquel Ojeroso de Miura que en 1990 tuvo que ser trasladado desde Lora del Río a Pamplona en un envase especial porque la cuerda de pitón a pitón pasaba del metro y medio y el toro no cabía ni en los cajones convencionales. Ni siquiera de costado, ni dormido ni de pie. Una escabrosa cuerna playera. Fue un buen toro, por lo demás. Está en la hoja de servicios de Roberto Domínguez como un hito. Y en la memoria colectiva de la Pamplona taurina.

Este Infundio negro de Fuente Ymbro, número 41, fue el último en llegar a los corrales del Gas la pasada semana. La costumbre en Pamplona era y es que la última en desembarcarse sea la corrida que vaya a cerrar las nueve o diez tardes de abono. La de Torrehandilla en esta ocasión. Bajar desde el casco viejo de Pamplona a los corrales de la Rochapea se ha convertido en un juego desde que se inauguraron el año 2008 se pusieron en marcha los dos ascensores urbanos que, adosados a la muralla, rompen algunas de las barreras y distancias de Pamplona. Los ascensores de la calle de los Descalzos han acercado el toro al paisanaje. Todavía más.

Bajas, sales del ascensor y prácticamente al pie de la escalera asoma la senda campera y polvorienta con sus barandas que lleva hasta el Gas en veintitantas zancadas. Los toros parecen piezas de museo. Los toros de sanfermines suelen pasar un promedio de cinco a siete noches en ese enjaulado museo de la Rochapea. Parece comprobado que la estancia de cinco días tiene efectos sedantes. O de aclimatación.

Pamplona y su comarca son corredores de vientos. No tanto como otras villas y capitales de la ribera del Ebro –Tudela, La Muela, Zaragoza-, pero sí lo bastante como para tentar los nervios, y no siempre templarlos, de los toros de la Feria. Sensibles a tantas cosas, los toros perciben el efecto de los vientos y lo traducen en su carácter y en su conducta.

La relación entre el ganado de lidia y el medio en que se cría o su punto de destino es definitoria. Antonio Purroy hizo en su día un largo trabajo de campo para la Universidad de Navarra a propósito de la incidencia del medio y del manejo en la personalidad del toro de lidia. Es un trabajo de conclusiones abiertas. Una vía de conocimiento. Un viaje en busca de las fuentes de la bravura.

En Navarra la curiosidad por el toro es muy notable. Y científica. Hace ya años que los veterinarios especialistas comenzaron a subrayar la interacción del genotipo y el fenotipo del toro: la relevancia de la nutrición, o de la ruptura de hábitos en una especie adaptada a la vida sedentaria y la molicie. El toro se hace perezoso y puede percibir el cambio de rutina como estímulo o agresión. Una de las razones de la bravura moderna.

En los corrales del Gas empiezan los toros de San Fermín a abrir ojos y oídos como recién nacidos. Si lloran, los calman los mayorales, que los arrullan. El lenguaje campero de los vaqueros retoma sonidos ancestrales. Hablar el idioma de los toros no es fácil. Es que no viene en ningún manual. En Salamanca se lamentan los ganaderos porque “nadie quiere trabajar en el campo”. Con toros. En las fincas andaluzas empieza a pasar en menor escala lo mismo.

El saber de los mayorales, transmitido de generación en generación como acerbo de familia, está convirtiéndose en un arcano. No es sencillo hablarles a los toros. El Juli es el torero que mejor lo hace. Esa jerga se aprende por instinto. Sin embargo, los hijos de los vaqueros la aprendían de sus padres cuando los cortijos o las fincas eran asiento de familias. Y parecía que el toro vivía dentro de casa.

La de Fuente Ymbro era de antemano la corrida estrella de esta última edición de la Feria del Toro. El boca a boca de los aficionados pamploneses que en invierno visitan por separado o en grupo fincas ganaderas hizo su efecto. En Fuente Ymbro están enfundados los toros, pero será que las fundas se mimetizan con los cuernos o se funden con ellos. El trapío del toro Infundio no era de este mundo. Corrió la voz. Al fin se desembarcó el toro. A la hora de comer el 7 de julio. Se hicieron la operación y el trato como si el toro fuera material nuclear o frágil.

Frágil. Llegaron los imponderables y sobrevino la fatalidad. En el encierro matinal del día 11, que la manada corrió desatada y con buenos pies, el pavoroso Infundio se lesionó un tendón. En el reconocimiento previo al sorteo el toro cojeaba visiblemente. “El toro no se lidia”.

Con sus dos guadañas afiladas como arpones habían soñado los corredores de Santo Domingo y Estafeta. ¡Y quién no! Sueño o pesadilla. La cara de ese toro dejaba en discretas las defensas tan serias de todos los demás pensionados en el Gas. No tanto los seis de Cebada Gago, que fueron seis galanes, astifinos hasta no poderlo ser más, pero no cornalones. El cebada de mayor calibre –quinto de la corrida, Morenito de Aranda al aparato- enseñaba más las palas que las puntas, como ha dado en decirse. Una manera gráfica e inequívoca de suavizar el negocio. Un acierto verbal. Una metáfora calmante.

La corrida de Dolores Aguirre fue tan seria como siempre o más. Porque los seis toros llamaban la atención por su alzada. La de Miura vino menos ofensiva o desagradable de lo habitual. Fue un torero sevillano quien se atrevió a tachar de desagradable a un toro. ¿De Miura? ¡Cuánta finura!

La de El Pilar –cuatro toros en versión Aldeanueva-Fonseca y dos, del hierro de Moisés Fraile, sangre Lisardo- fue corrida de gran porte, no pareja, pero no por eso desigual. De los cuatro aldeanuevas, un toro cornaloncito –el cuarto- pero el más estrecho y corto de todos, el más ligero; y un sexto, de la rama Lisardo, de espectacular belleza, largo y hondo, bajo de agujas, perfectamente rematado, acapachado.

Los toros lisardos son salidos del tronco o rama de Atanasio. La ganadería de Dolores se formó sobre una base de vacas y sementales de Atanasio no filtrada por la mano de Lisardo Sánchez. Pero hay nombres de reatas y familias que han resistido en todas las ramas: el quinto toro de Dolores se llamaba Cantinillo, y fue por cierto como un dolor de cabeza, no por agresivo sino por su instinto huidizo, que le hizo correr a escape lamiendo las tablas en tres o cuatro vueltas de remover la cuchara; y ese hermosísimo sexto de Moisés, Cantillito. Cárdeno el de Dolores; negro burraco el de Moisés. ¡Y qué caracteres tan distintos!

Con el motor tan a punto del Cantillito no había salido hasta entonces ninguno en la feria. Las peñas y andanadas de sol habían enloquecido de ruido informe cuando asomó el toro, que se encendió con ese ruido justamente y rompió a embestir en serio al amparo de ese ambiente ensordecedor. ¿No templaba tanto el silencio de la dehesa?

Ricardo Fuente Ymbro tiene la costumbre de llevar ocho toros cuando lidia en Pamplona y Bilbao, que son sus plazas predilectas. La lesión de Infundio se lloró como la de un futbolista multimillonario en vísperas de una final de Copa. Se recuperará y tal vez padree o llegue a lidiarse antes de cumplir seis años. ¿Quién dice que no? ¿Se puede tener por virgen un toro que haya corrido el encierro de Pamplona? O sea…

De los ocho toros que Fuente Ymbro trajo en 2011 a sanfermines, dos se quedaron de sobreros e hicieron el viaje de vuelta a San José del Valle. Y uno de ellos, jabonero claro, la piel de albaricoque, llamado Marqués, se volvió a embarcar esta vez rumbo a Pamplona de nuevo. Tanto había gustado el toro en el manifiesto del Gas hace un año. No fue toro de particular estilo. El año de más en el campo parecía haberlo embastecido.

En cambio, otro Marqués, probablemente de reata afín, negro listón y cuarto de corrida, lucía memorable estampa. El toro más hondo de los treinta lidiados hasta la noche del 11 de julio. El desfile de la primera mitad de la Feria del Toro había sido sencillamente espectacular. Ese Marqués negro se llevaba la palma. Pero de noche se hablaba de Saúl Jiménez Fortes y no de los toros de la tarde. ¿Torero emergente? Torero lanzado. ¿Y si no se llega a lesionar el célebre Infundio? ¿Y si le toca a Saúl? ¿Y si vuelven los dos el año que viene, en el mismo sitio y a la misma hora…?

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2 respuestas a “Un Infundio”

  1. Laura Ruiz dice:

    [http://t.co/RUwBgcjl] Un Infundio http://t.co/X8OsITPE

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