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El encierro de Ochoa de Olza

Gabriel Asenjo

Publicado en Diario de Navarra el 3 de julio 2008

Muere el corredor o el montañero, decía. En ambos casos, si no se cruzase el fondo de la muerte, no capturaría voluntades. Pero la muerte como verdad radical. Como autenticidad incluso en la forma de alcanzar cima prescindiendo de oxígeno o renunciando a apartar un milímetro la femoral de la arista de la verdad que dibuja el toro.

Iñaki Ochoa de Olza en la cuesta de Santo Domingo (Montxo AG)

Coincidí pocas veces con Iñaki Ochoa de Olza, pero nos dimos la chapa a placer hablando sobre sistemas de entrenamiento y fisiología del esfuerzo. Un día me pidió que le pasara el borrador de la tesis doctoral en la que trabajaba. Creo que ha sido el único en el planeta que voluntariamente se leyó mis 600 páginas incluidas el apéndice estadístico. Supongo que ni el tribunal pudo con semejante tocho. Naturalmente las páginas tenían que ver con el deporte. Me lo devolvió con anotaciones.

Me decía que estaban sin resolver unas líneas que hablaban de que el niño, cuando desarrolla su motricidad, expresa la manía de subirse a las sillas y terminar escalando los muebles más altos ante el susto de los padres. Yo decía que era una tendencia atávica de defensa que nos impulsa a dominar los altos, conducta más común en niños que en niñas. Él agregaba que era el deseo de explorar y emocionarse. Le entusiasmaban las razones por las que la información deportiva atrae a las audiencias, pero discrepábamos en la utilidad de subir ochomiles o correr un encierro.

Acordamos que el encierro desvela un valor añadido respecto a la corrida. Si en la plaza, en el desafío de dominar una fuerza de la naturaleza a través del arte, uno va a morir -y casi siempre es el mismo excepto ante la eterna duda de José Tomás- , en el encierro, en cambio, el que el que nunca muere es el toro. Ni muere la montaña en su intento de ser dominada. Muere el corredor o el montañero, decía. En ambos casos, si no se cruzase el fondo de la muerte, no capturaría voluntades. Pero la muerte como verdad radical. Como autenticidad incluso en la forma de alcanzar cima prescindiendo de oxígeno o renunciando a apartar un milímetro la femoral de la arista de la verdad que dibuja el toro. ¿Cómo explicar este tipo de conductas? Tan difícil como intentar explicar esos amores ciegos de pareja que atropellan la razón. “No quiero morir en la plaza, sólo ser perfecto”, confesaba José Tomás a Joaquín Sabina en una de las contadísimas entrevistas que ha concedido el torero, como si la posibilidad de morir a ocho mil metros o en el ruedo potenciase el valor de lo auténtico. Torear y escalar es vivir, afirman unos y otros. Y en ambos casos montaña y toro son colaboradores necesarios.

Ochoa de Olza fijó una señal junto a una frase del borrador de la tesis para explicar el esfuerzo de lo inútil: corremos porque nos gusta con locura. La dijo Roger Banniester, el primer hombre en bajar de 4 minutos en la milla en 1954 cuando no se pagaba por correr. Pero me quedo con esa reflexión que conocí hace poco escrita en la lápida del amigo de Iñaki, el ruso Boukreev en el Annapurna: ” Las montañas no son metas donde satisfago mi ambición, son las catedrales donde practico mi religión”. Porque explicar las religiones es más cosa del corazón que de la razón. Como un encierro. Cosa de emociones.

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2 respuestas a “El encierro de Ochoa de Olza”

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