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La ausencia de «Yiyo», el enamorado de Pamplona

Antonio D. Olano

Publicado en la revista del Club Taurino de Pamplona, año 1986

«La muerte violenta es la belleza última, siempre y cuando se muera joven» (Mishima).

Los «sanfermines» saben de esa «belleza última» de la que nos habla el escritor japonés que sabía también que la muerte violenta es la más espectacular de todas las muertes. El mismo la eligió para sí, exigiendo la presencia de las cámaras de televisión, para ofrecer el espectáculo de su propia muerte: el ha-ra-kiri.

Vuelta al ruedo Yiyo (foto: Mena)

  Ninguno de esos jóvenes que madrugan para participar en el encierro, lo haría si supiese que les espera un desenlace trágico. Pero estoy seguro que no correrían delante, al lado o detrás de los toros, si no existiese el riesgo.

No creo que haya un solo espectador de la Fiesta que desee el percance de un torero. No obstante, estoy seguro que si se descartase todo tipo de riesgo, las corridas no tendrían el menor interés para los aficionados. El peligro está ahí, agazapado y corredores de encierros y hombres vestidos de luces lo afrontan, le echan un pulso, lo necesitan incluso.
Quiero referirme a un muchacho que esta «Feria del Toro» ya no hará el paseíllo en la plaza de Pamplona. Debutó de novillero y cortó una oreja. Desde 1983, el año de su revelación en la «Monumental» madrileña, acudía puntualmente a la cita con la Fiesta, la auténtica Fiesta española que tiene como pregón en el mundo los carteles pamplónicas.
Para- «Yiyo» era, esta cita anual, una verdadera satisfacción. Procuraba llegar uno o dos días antes, alojándose en el «Hotel Yoldi» y, si no tenía compromisos inmediatos, se quedaba otros dos días para disfrutar de los festejos populares.
El primer año, julio de 1983, nos dimos cita en el hotel y comenzamos a recorrer la ciudad. Nos instalamos en una terraza del «Café Iruña» y presenciamos el espectáculo callejero de la Plaza del Castillo. «Yiyo» y yo hablamos de Hemingway, de la devoción con que cuenta entre los navarros y de que habían puesto en tela de juicio los conocimientos taurinos del Premio Nobel, escritores como Corrochano o, más recientemente, ese gran aficionado francés que es Jean Cau, autor de «Las orejas y el rabo».
 José Cubero Sánchez, «Yiyo», se interesó por los encierros. «Me gustaría correrlos». El sabía que otros toreros, como Antonio Ordóñez, habían participado. Le prometí que me pondría en contacto con algunos de los corredores, como mi amigo Lalo. Ellos estaban dispuestos a acompañarle y a instruirle. «Yiyo» prefirió que pasase su serio compromiso en la plaza y, al día siguiente, además de resultar el triunfador, sufrió uno de los percances más serios de su vida. El toro lo alzó por los aires una y otra vez. Hizo por él en el suelo y lo volvió a lanzar, como a un pelele. Su traje de luces resultó destrozado. Fue a la enfermería, después de matar a su enemigo y «Chocolate», su mozo de estoques, hizo que se pusiese un pantalón vaquero, con el que toreó magistral-mente al segundo toro y le cortó las orejas. Los espectadores se habían olvidado de que el muchacho vestía de calle. Ya no importaba, ante su valor, la parafernalia, el ritual que rodea a los toreros: alamares, machos, trajes resplandeciendo al sol o por la magia de la iluminación artificial. «Yiyo» asombró a todos porque había demostrado que tenía la cualidad que en estas tierras más se aprecian: la valentía.
Al día siguiente, seriamente magullado, renunció a acudir al encierro. Su plan, de pasar varios días disfrutando de las fiestas, se vio truncado.
Gran aficionado a la gastronomía, fiaba de mis conocimientos a la hora de elegir un lugar. Aquella noche fuimos a cenar a «Josetxo», aún en la calle de la Estafeta, acompañados de Tomás Redondo, su apoderado y su segundo padre, el hombre sin el cual «Yiyo» tal vez no alcanzase la máxima cumbre del toreo, esa consagración que se vio cortada por la muerte.
Se me agolpan los recuerdos y no puedo precisar fechas exactas. Una mañana, de uno de los meses de julio que allí convivimos, quiso vestirse como un mozo más. Recorrimos las barracas y puestos de venta del Paseo Sarasate, del que salió con la indumentaria clásica, de la cabeza a los pies. De aquel calzado no se desprendería jamás porque encontraba que era muy cómodo para el viaje. Además compró un mono, un muñeco de peluche, accionado desde el interior con la mano, un muñeco de guiñol con el que trataba de «asustar» a las muchachas y divertir a los niños.
Otro año, después de torear y triunfar, se quedó dos días con los amigos. Gozaba de Pamplona como pocos foráneos lo han hecho. Habíamos dispuesto la cena en un céntrico restaurante pero, conducidos por Curro Fetén, gran descubridor de lugares gastronómicos y tabernas, fuimos a «El Cosechero», en el que, docena a docena, terminamos con una gran «cosecha de sardinas». A pocas personas como a «Yiyo» he visto gozar tanto de los placeres de la mesa, en este caso concreto de la barra. Estaba con nosotros otro gran amigo suyo, el torero colombiano César Rincón. Al día siguiente nos despedimos de la ciudad con una suculenta comida que nos ofrecieron la viuda del doctor Goñi, su hijo y sus hijas.
En Pamplona su triunfo volvió a ser ruidoso. Toreó muy bien en la primera corrida y armó la escandalera en la segunda. Allí vivimos nuevas anécdotas. A «Yiyo», como ya he dicho en líneas anteriores, le acompañaba el colombiano Rincón, que llegó a España de la mano de Tomás Redondo. Permanecieron en Pamplona sin prisas, esperando a la siguiente corrida. Al día siguiente de la «sardinada» de «El Cosechero»-«El Marrano» para los clientes habituales-nos levantamos muy temprano para asistir a los encierros. «Yiyo» y César Rincón nos vinieron a buscar, a Antonio Carabias y a mí, al «Maysonave», otro de los hoteles más taurinos de la ciudad navarra.
Nos instalamos en el edificio de la «Telefónica», en donde tiene uno de sus puntos de conexión «Radio Nacional de España» . Desde allí Carabias retransmitía el paso por la Estafeta de mozos y toros y su entrada en la plaza. Presenciamos varios percances. Había un enorme gentío y los guardias pugnaban por desalojar el pasillo por el que corren las reses. Los maleantes, borrachos, drogadictos y otras gentes que se llaman «de mal vivir» fueron desalojados.
Concluido el encierro de ese día, cumplimos con una de las grandes tradiciones, que es desayunar en «Marce-liano», una de las tabernas de la «ruta Hemingway». Allí, regado con vino de la tierra, comimos huevos fritos con chistorra. Después Carabias y yo volvimos al hotel y «Yiyo» y César, que la noche anterior se habían comprado pañuelo rojo y las clásicas alpargatas, marcharon a entrenarse. Les recomendé las merindades liriconas de las murallas para que además de entrenarse y conservar la forma, hiciesen turismo. Nos volvimos a ver por la tarde, a la hora de la corrida. «Yiyo» disfrutaba como un niño del espectáculo que tenía ante sí. De lo insólito que allí es cotidiano, como los embriagados y los «hippies» durmiendo en plena calle sin importarles el ruido.
La tarde de su segunda actuación y triunfo lo retuvieron durante mucho tiempo en el hotel. Lo «invadían» los eternos triunfalistas, los que dicen «hoy hemos triunfado» y los que afirman «hoy ha pegado el petardo», íbamos a cenar a un restaurante popular, pero optaron por quedarse en el «Yoldi». Yo me fui con Ortega Cano, otro de los triunfadores y mártires de la temporada. Al día siguiente, después de la corrida, conducidos por ese Nouvolari, uséase: Eulogio Núñez -máximo seguidor de «Yiyo»- volvimos a Madrid. Hicimos el consiguiente alto en el camino. Paramos en «Antonio», muy cerca de Soria. Como siempre, pedimos un transistor para escuchar los programas taurinos. Si «Yiyo» oía hablar de sí mismo, dijesen lo que dijesen, jamás hacía el menor comentario. Todo lo contrario que Tomás Redondo, que se indignaba ante lo que consideraba injusto.
Hablamos en numerosas ocasiones de Pamplona. Esta es una plaza a la que, si me contratan, no dejaré de acudir jamás».
Pamplona era, es, una fiesta. «Yiyo» era, fue, una fiesta. Por eso en esta revista del «Club Taurino», al que acudí en más de una ocasión acompañándolo, quiero recordar hoy a José Cubero Sánchez con el que, a la manera de Miguel Hernández, tanto quisimos. Si, los muchachos de las bulliciosas «peñas», los aficionados y quien este artículo firma.
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3 respuestas a “La ausencia de «Yiyo», el enamorado de Pamplona”

  1. Un recuerdo al paso de "Yiyo" por Pamplona http://t.co/SaI5RVXX [AntonioD. Olano]

  2. Iván C dice:

    Un recuerdo al paso de "Yiyo" por Pamplona http://t.co/SaI5RVXX [AntonioD. Olano]

  3. Recordando al Príncipe del Toreo "Yiyo" en su paso por #Pamplona #SanFermín en la @feriadeltoro http://t.co/P4Q2eOpd Siempre en el recuerdo

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