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Caperucita y el toro feroz

Diario de Grada

Paco Apaolaza

Publicado en Diario de Navarra el 8 julio 1995

[Toros de D. Celestino Cuadri para “El Fundi”, Domingo Valderrama y Oscar Higares]

No sé, a mí siempre me ha parecido que el malo del   cuento, el lobo feroz, al final era el buenillo de  corazón blando y esponjoso que, incluso cuando se  disfrazaba de abuela, con el bonete de dormir y el orinal  debajo de la cama era para recibir cariño y no para  comerse a la Caperucita que siempre me pareció una  retorcida, la tia, por mucho que fuera con su alepuz casi  sanferminero de puro colorao o rojo y las enagüitas  blancas. 

A ella le habían dicho las vecindonas que si  atravesaba el bosque o, mismamente, si iba a torear a  Pamplona se iba a encontrar en el proceloso bosque o  plaza al lobo o toro feroz y que de un lametón-sschuurrr-se la iba a merendar o, aviesamente, le iba a pegar una  cornada y que, en ambos casos, había que extremar las  precauciones y andar saltaperiqueando por si acaso, lo  mismito que si pides una cerveza al hombre de los  refrescos en esa misma plaza sin una Visa Oro a mano.

Domingo Valderrama entrando a matar (foto: Diario de Navarra)

Domingo Valderrama entrando a matar (foto: Diario de Navarra)

Caperucita fue por allí, no por Alli, a ver y se encontró con  el lobazo de dientes afilados porque así lo parieron, con  ganas de rollo y requebrándola la invitó a una noche de  marcha y bacalao. Así era la realidad contada por un  defensor de los lobos y así me lo creí. Lo mismo que dos  de los toreros que vinieron a la procelosa plaza a cubrir el  expediente pensando que los toros iban a ser tan feroces,  los tíos, que más valía ponerse a cubierto de posibles  disgustos y que siempre tendrían la excusa de decir lo que  dicen cuando están mal, ya saben, que si me miraban, que  si echaban la cara arriba, que si estaban fuera de tipo, que  si no se deslizaban y no sé cuantos rollos más. Estaban  cubiertos «Fundi» e Higares pues venían a la guerra de  toro feroz. Si eran feroces para que insistir y jugársela,  mejor consensuar tipo Caperucita y salir con bien del  compromiso.

De verdad que no sé dónde vamos a llegar. Algo se  maliciaba cuando en las mulillas alborotonas, a las cinco y  media en el Ayuntamiento aparecieron dos «munipas» al  mando de cabo o sargento pretendiendo ordenar el cortejo predecesor de La Pamplonesa y empujando por los  bajinis a la gente que no sabía a qué venía esa ordenación  y esas carrerillas cuando siempre había sido un desfile  sosegado, amable, lúdico, fraternal con el director anterior pero el actual, Jesús Garisoain, estaba encantado de verse precedido por la fuerza en vez de por Enrique el cieguico de los cupones, y tantos otros a los que obligaron a hacer el recorrido como una contrarreloj con meta volante en el Iruña al son del pasotriple, que tiene un tiempo más del pasodoble como su nombre indica

¿No habrá labores más propias de los hombres llamados municipales que vigilar y cronometrar a los cuerpos marchosos que preceden a la banda sonora de la gloria que, como Caperucita, no tiene enemigos, sino rendidos admiradores?, pregunto.

Un día titulé la crónica de una corrida como la de ayer «1,62 metros de hombre», refiriéndome, obviamente a Valderrama porque a el no le importó que los toros de Cuadri fueran feroces o no, que no lo fueron, sino triunfar de la única manera que tienen los matadores machos con lo que se llama el paquete reproductor por delante a sumiendo los riesgos que entraña esta profesión cuando uno se pone delante de dos velas de quitar el hipo. Valderrama debió haber cortado una oreja en su primero con el que estuvo sólido, vibrante, corriendo la mano, dando ventajas al toro y dejando que, a su aire, se luciera,  pudiéndolo cuando quiso, insumiso ante el conformismo, como haciendo caso a la pancarta globosa que sacaron en sol más pendientes de otras bobadas chorras que del verdadero valor; casi como si ignoraran valores que les son propios, como Caperucita el recato y la inocencia.

Si el hombre pequeño se hubiera movido toreando a pies juntos, su segundo seguramente no lo habría pillado de mala manera buscándolo por entre sus pezuñas. Si no hubiera sometido al toro, si no hubiera salido a armarla y si no se hubiera entregado matando echándose encima de unos pitones escalofriantes tampoco lo hubiera enganchado de la tripa baja y lo hubiese tirado cuatro metros para arriba, es cierto, pero no habría cortado la oreja ni hubiera salido camino de la enfermería agarrado a esa oreja con el respeto de toda la plaza.

Los toros no eran los feroces, ni mucho menos, pero  tampoco tuvieron excesivo brillo para dos toreros que se  los dejaron ir, como decía antes, porque les habían conta  do que si eran fieras corrupias, como a Caperucita. «Fundi» quiso aplicar eso de torear alimañas a dos toros que no  lo eran por más que hiciera para demostrar a la gente que  aquello era imposible y que si saltaperiqueaba, si pegaba  zapatillazos, trapazos violentos dejándose enganchar la  muleta, era porque su primero se lo quería comer como el  lobo feroz a la muchacha que llevaba la cestita donde los romanos el escudo pero que solo era apariencia y que lo  único que pedía era cariño y sosiego. El cuarto echaba la  cara arriba a veces, cuando le dejaban la muleta muerta en  los pitones poco se podía hacer y poco se hizo.

Higares  pasando seguramente atosigado por el miedo escénico y  no por su primero, con muy poquita cara y un pitón  izquierdo claro. Igual pensó que todo vale y que sin  ponerse se puede torear y cortar orejas fiado en los de sol.  Como igual pensó que al probablemente bravo sexto  había que matarlo en varas, hacerle mil cariocas, ningunearlo, partirlo, humillarlo para, después, destorearlo corriendo de muletazo a muletazo. Le pasó lo mismo que a la  Señora de Feroz, pasó del lobo feroz, del toro bravo pero  éste no pasó de él, la cornada absolutamente inesperada  vino a agriarlo todo ¡Lástima!

Lo mejor

El valor de Valderrama.
Un par de José Gimeno.
El bocata de bonito con tomate.
La presentación de algunos toros.
El café de ellas, las «Iri».

Lo peor

El lío de las mulillas.
Las banderillas.
La forma de picar al sexto.
La desgana de dos toreros.
Las cornadas y sustos.

 

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