Web no oficial de la feria taurina de Pamplona…

Zorionak

Joaquín Vidal

Publicado en “El País” el 13 julio 1999

Toros de Jandilla, desiguales de presencia, la mayoría aborregados; 3º y 6º, con trapío y casta.Enrique Ponce: pinchazo, bajonazo –aviso– y dobla el toro (silencio); pinchazo, media ladeada –aviso– y dobla el toro (silencio). Rivera Ordóñez: seis pinchazos -aviso-, tres pinchazos más y estocada ladeada (silencio); siete pinchazos, rueda de peones –aviso– y descabello (pitos). Morante de la Puebla: dos pinchazos y estocada (silencio); pinchazo y estocada (oreja). Plaza de Pamplona, 12 de julio. 8ª corrida de feria. Lleno

Pusieron un cartel enorme en la barrera, junto a la puerta de chiqueros. Decía “Zorionak Juan Mari” que, como todo el mundo sabe, era un asunto referido a Juan Mari. No hay como saber idiomas. A lo mejor el cartel y Morante de la Puebla -el toreo que hizo, se quiere decir- constituyeron lo único destacable de la corrida. Destacó asimismo la tormenta pero ésa tenía poco que ver con la corrida: venía de fuera. La verdad es que toda la tarde se estuvieron cerniendo sobre el coso nubarrones de mal agüero, adelantaron la noche, el meteoro rugió al fin y fue cuando Morante de la Puebla se llevó el Jandilla al platillo y lo toreó como sólo saben hacerlo los toreros buenos.

Morante de la Puebla (Mercedes Irujo)

Morante de la Puebla (Mercedes Irujo)

Todo lo anterior debería quedar relegado al olvido. De lo que llaman toros hubo poco, de lo que se tiene por toreo aún menos. Sí, Morante de la Puebla se echó presto la muleta a la izquierda para torear por naturales al tercer Jandilla pero como si se operaba. De un lado, el toro embestía con áspera incertidumbre; de otro el gran público -o sea, la mayoría- aún creía en las figuras.

Lo importante en el planeta de los toros -y en el universo mundo- es tener nombre y novela. Lo de “Créate buena fama y échate a dormir”, que era impresión barruntativa en tiempo de nuestros abuelos, es ahora ley, más axiomática que la de Boylle-Mariotte.

Enrique Ponce, por ejemplo, figura paradigmática del toreo, no daba las verónicas y le coreaban olés; no profundizaba, ni reunía, ni ligaba la manta de derechazos que pegó y se los oleaban también. Luego entró en fase supersónica: dio tres naturales a toda velocidad al gordinflón, cornicorto sospechoso y pastueño toro, tapó raudo su insustancialidad mediante un molinete vertiginoso, siguió por derechazos hecho una moto, y sin duda para calentar el ambiente metió tres pases de rodillas, arrojó lejos los trastos, hizo un desplante abriéndose la chaquetilla y mostrando el chaleco al estilo Juan José Padilla el día anterior…

No se sabría explicar muy bien lo que sucedió entonces. Porque el jubiloso estruendo de las peñas, al ver aquello, bajó el diapasón. A los mozos de las peñas hay que entenderlos. A los mozos de las peñas no se les engaña con una caña. Un alarde temerario les arrebata pero si sospechan que el torero se está poniendo tremendista para quedarse con ellos, le pueden decir cuatro cosas. No consta que se las dijeran a Ponce, es cierto. Pero después de que matara al toro olvidaron su existencia y se pusieron a cantar La chica ye-ye.

Al cuarto toro, de condición borrego, le aplicó Ponce otra faena larguísima a base de los derechazos y una tanda testimonial de izquierdazos, mientras la gente merendaba con fruición y apenas le hacía caso. Oyó un aviso, que ya eran dos en la tarde. Y suma y sigue. Acaso no haya conocido la fiesta torero alguno que haya recibido tantos avisos como Enrique Ponce.

Rivera Ordóñez le igualó en avisos y ya eran cuatro. La marca de Rivera, cuya vulgaridad muleteril estuvo a punto de poner de los nervios a la concurrencia, no se cifra en los avisos sino en los pinchazos. Dieciséis, más un espadazo y un descabello necesitó para matar a sus dos toros. Y le pitaron.

La verdad es que Rivera Ordóñez se encontró con la antipatía de algún sector, quién sabe por qué pasados desencuentros. Incluso le sacaron una pancarta intolerable en la que le llamaban Kondesito. Hubo, pues, dos carteles que parecían surrealistas: uno para Juan Mari, otro para el Kondesito. Ninguno de los dos -menos mal- se metía en política, a diferencia de los que colgaron de la andanada en días anteriores, uno con la escueta palabra “Carceleros” -dedicada al PP y al PSOE-, otro con la leyenda “A mayor oreja, mayor sordera”. Se ve que tiraban a dar.

Lo de Juan Mari tomó realce en el momento de la merienda, pues las comparsas le tocaron el cumpleaños feliz -felicidades: zorionak- y corrió por el tendido de sol una tarta que degustaron los colegas de su peña.

Y, de súbito, un relámpago culebreó fulgurante a la altura de la torre de los Escolapios, que emerge tras los tejadillos. Y rugió el trueno. Y Morante de la Puebla se puso a torear en el centro del redondel. Y ahora era Morante el oleado y musicado -según decían los revisteros clásicos-, y los ayudados y la trincherilla rubricaron su torería. Y sin ser figura ni tener novela ni nada, se ganó a ley una oreja, le aclamaron ¡torero! y le dijeron ¡zoroniak! No por mucho tiempo pues la borrasca empezó a soltar gotas como txapelas y la afición se apresuró a recoger las bolsas de bocadillos, las ollas, las neveras, la cajica de empiñonados y tomó las de Villadiego.

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