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¿Indultar al toro?

Publicado en el folleto de Gazteluleku, Toro Jugoso 2014

Al principio, todo parecía más sencillo: los toros eran un elemento más de los festejos  y ferias y fiesta iban unidas en todas las celebraciones. En los toros se comía y bebía, como en los patios de comedia o en los teatros. Durante la lidia de los toros se festejaba a raudales y su carne formaba parte del siguiente festín.

Luego llegaron los refinamientos, el aburguesamiento. Todo se hizo más estricto y en muchas plazas comenzó a imperar el silencio, el protocolo o la “seriedad” de la afición. En las grandes ciudades los toros ya no se celebraban en ferias o por deseos de los reyes, eran espectáculos de temporada y abandonaron su carácter popular: se olvidaron de la fiesta, se olvidaron de la bebida y olvidaron incluso que los toros se comían.

Rosbif de carrillera de toro de lidia, Alex Mújica

Rosbif de carrillera de toro de lidia, Alex Mújica

Con los años, plazas como la nuestra comenzaron a verse como la aldea de los irreductibles galos donde el ciclo del toro todavía era claro: nacer y crecer por y para la bravura, morir en la plaza a estoque e incluir sus canales de nuevo en el ciclo.

Vivimos tiempos en los que queremos esconderlo todo: la vida, la muerte, la comida. Todo en aras de la corrección política: queremos espacios asépticos, que la leche salga de cajas o la comida de envases al vacío. Por eso, el ritual de la lidia y muerte de un toro bravo, siendo una auténtico anacronismo, fascina a miles de personas.

Cunde una nueva corriente en la tauromaquia: la de indultar a los toros. No tanto para salvaguardar su bravura, sino como colofón a faenas triunfales donde como fín de fiesta se le perdona la vida al toro. La fórmula tiene sus defensores, lo ven con cierta justicia poética, la de la felicidad del toro Ferdinando, el de aquella película de Disney, que volvía vivo a la dehesa. O una fórmula de apaciguamiento ante las hordas antitaurinas. Lo que luego no cuentan, es que a los ganaderos, esos toros neoindultados, pocas veces les sirven: no ligan como sementales o no transmiten bravura.

El toro debe morir en la plaza, entre otras cosas, para que luego lo podamos comer.
Y podamos festejarlo y apreciarlo. Y ver que la comida no sale de cápsulas sino de animales vivos. La cocina y la comida no es de Disney, es de la vida real. Donde las personas nacen y mueren y los animales no hablan y son comidos. Como los toros.

Mariano Pascal

 

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