Feria del Toro: Artículos sobre la Feria del Toro

Elogio y exaltación del afeitado

Crónica de Javier Villán
Publicado en El Mundo el 10 de julio de 1999.  Corrida celebrada el 9-7-1999 con toros de CEBADA GAGO, para Manuel Caballero, Pepín Liria y Eduardo Dávila Miura.

Ganadería: seis toros preciosos de lámina, con trapío y sin exceso de romana. Agresivos de cabeza y astifinos. Encastados en distinto grado y algunos bravos. Manuel Caballero: silencio y bronca; Pepín Liria: oreja y ovación; Dávila Miura: silencio en ambos.


Manuel Caballero mordiendo la esclavina, (foto de Mercedes Irujo)


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PAMPLONA.- Esto no puede ser; toros así, como los de Cebada Gago ayer en Pamplona, no deben salir a las plazas. Hay que afeitar todos los toros, dejémonos de coña. Si no hay toreros capaces de torear toros en puntas, ¿para qué esas grandiosas arboladuras que salieron ayer en el coso de la Misericordia? Aquí, en las plazas gloriosas de Iberia, un toro astifino, cornalón, encastado y con movilidad no es capaz de torearlo ni Dios. Ni siquiera Manuel Caballero, que no es Dios: obvio. Ni siquiera Pepín Liria, que tampoco lo es; y mucho menos Dávila Miura, que está muy lejos de la divinidad. Hay que afeitar, hay que drogar, hay que tronchar los remos de los toros y hay que llegar al desmoche, como en las corridas de rejones. Sólo así podremos ver florituras, pinturerías y mariconadas de toreros machos. Hay que afeitar a tope, a martillazos, a serrucho limpio y cruel; si no, la Fiesta se nos va, se nos acaba y se nos extingue por siempre jamás amén. Qué primores de torería excelsa habrían hecho ayer estos ases, estos héroes modernos de la tauromaquia; qué florituras y floripondios, qué virguerías celestiales si los ejemplares de Cebada Gago no hubieran tenido esas afiladas y diamantinas arboladuras de granito. Los toros de Cebada Gago quedaron sentenciados el año pasado, por su casta y por su agresividad intocada, en la Feria del Pilar. Y, aunque en gesto de buen aficionado que le honra -grabado está- el comentarista de Televisión Española gritara emocionado «esto es la Fiesta», prevaleció el juicio, menos pudoroso o más interesado, del maestro descabellador que los puso a parir; y de paso, «a los pobrecitos críticos que no tienen ni idea»: este entrecomillado, auténtico, es de autoría posterior.

Toreros en fuga

Sin embargo, como se demostró ayer en Pamplona, los cebadagagos siguen en pie, siguen poniendo en fuga a los toreros y siguen dejando con el culo al aire a diestros y a comentaristas apócrifos. Lástima por Pepín Liria, que el pasado año en la plaza de Zaragoza fue un jabato, un torero de pelo en pecho; ayer, en cambio, Liria fue un torero desconcertado y vulgar. Eso debe de ser cosa de los comentaristas apócrifos y de los malos consejos. No deben fiarse nunca los toreros en activo de los toreros metidos a propagandistas. Manuel Caballero ni se enteró. O se enteró de que los cebada tenían puntas como agujas. Y casta. Esa es la cuestión. Los taurinos dicen primero que no se afeita y luego que, si se afeita, no importa. Pero luego, cuando sale un toro en puntas, se acojonan. No sé si Caballero se acojonó o no. Sé que dio el mitin en el primero y el petardo en el cuarto. Pamplona es una plaza que impresiona; así que, para tanto ruido, lo mejor es no venir. Como El Juli, un suponer. Preferibles los gaches de los pueblos; ahí salen al ruedo chotos, cabras inválidas y descornadas. Se cortan orejas a mogollón y se ganan millones. Abajo plazas y toros como los de Pamplona. Lidia infame la que le dieron al primero de Pepín, un toro hermoso, bellísimo y de impecable trapío. Bravo a veces, rajado otras. Bravo cuando le hacían bien las cosas y manso cuando se las hacían mal. Una penitencia Mantazos de Pepín a troche y moche en éste y en el otro. Carreras, peregrinaciones. Parecía que estuviera haciendo el Camino de Santiago. Como penitencia. Y la penitencia fue para sus toros. El síndrome del pitón y de la casta también sumió a Dávila Miura en los abismos de la impotencia. Dejó que le pegaran fuerte a su primero y al último ni eso. El síndrome del pitón, el pánico a la casta y a la movilidad. Corrida intoreable dirán algunos; no se lo crean. Corrida, simplemente, desperdiciada.