Marcelino Jiménez Elizagaray
Publicado en la revista "Club Taurino de Pamplona, Junio 2006"
Decía José Antonio Iturri que los periódicos sólo pueden parar un segundo y medio. A las noticias de un día les seguirán las del siguiente y éstas se verán solapadas veinticuatro horas mas tarde.
Traigo a colación este dato porque la revista que tiene en sus manos presume de la virtud de tener mas vida que un periódico. No sólo por su carácter anual sino por su naturaleza coleccionable: los aficionados la guardan con mimo en la estantería junto a los números anteriores. Años después puede ser fuente de consulta, quién sabe, de sus hijos o nietos.
Si dentro de veinte años alguien quisiera saber quién fue Marcelino Jiménez Elizagaray podría acudir a las hemerotecas. Los periódicos dijeron de él que fue dentista, propietario de un museo taurino y que en su juventud cortó una oreja a un novillo de César Moreno. Son datos ciertos desde luego, pero difícilmente abarcan la dimensión de Marcelo.
La oreja cortada en un festival tiene su particular historia. En 1955 la Mutua de Socorros de Pamplona cumplía sus bodas de Oro. La Mutua organizó distintos eventos para celebrar el aniversario: conciertos, misas y un festival taurino en honor de los asegurados. Todas las localidades del festival de aquel 5 de junio eran de invitación. Anuncios en prensa rogaban a los espectadores acudir sin la compañía de sus hijos dado el limitado aforo de la plaza. Cómo sería la afición en Pamplona, o la poca oferta de ocio según se mire, que en aquel festival entraron ,según los cronistas, los quince mil mutualistas invitados ... y tres mil niños mas “por la jeró”.
Vamos, que aquel día los aficionados actuantes torearon para el doble de gente que junta hoy en plazas de primera el líder de la novillería. Con razón recordaba Marcelino aquella vuelta al ruedo multitudinaria como uno de los momentos mas felices de su vida.
Su carrera taurina no tuvo mayor proyección: algún festival de las peñas, otro festejo ya de luces donde el de rizos le puso en su sitio y una actuación como sobresaliente en las fiestas de Aibar. Experiencia suficiente como para saber lo difícil que resulta ser torero.
El fracaso de los sueños toreros no frustró en absoluto la afición de Marcelo. La incrementó. Marcelo era aficionados de muchas ferias, en España, Francia o América. Compartió amistad con algunos matadores, que le valió para recibir palos de un “enfant terrible” de la crítica taurina. En distintas plazas francesas llegó a ejercer la presidencia de los festejos. Con Javier Lorente hizo pareja en conferencias taurinas con las que llenaba auditorios. Incluso en alguna ocasión fue requerido para retransmitir junto a los locutores de Televisión Española los festejos pamploneses.
Pero a Marcelo lo que le gustaba era disfrutar en los toros como aficionado, ejercer otras funciones le distraía demasiado para disfrutar de la lidia. A comienzos de los años ochenta era tal su bagaje de recuerdos familiares, objetos coleccionados y amistades del toro que decidió reunirlos en un museo.
En 1984 abría sus puertas el “Museo Taurino la Estafeta”. Un museo de reducidas hechuras pero magnífico fondo. Los objetos alojados en sus vitrinas quizá no tuviesen un valor pecuniario exagerado, pero su carga sentimental era incalculable. No sólo para Marcelo, también para cualquier aficionado.
Destacaban en el museo las cabeza de toros, o
los relucientes vestidos de torear de matadores y subalternos. La colección de
trajes fue creciendo con el tiempo hasta saturar la capacidad del museo. En
lugar preferente se encontraban los de Emilio Muñoz y
Juan Mora,
sus grandes amigos, o el terno de la alternativa de
Pablo Hermoso de Mendoza.
Pero los tesoros del Museo no eran de grandes dimensiones: El objetivo con que
Cano fotografió la muerte de Manolete, el chaleco que el monstruo
regaló en el campo al Potra o la taleguilla tabaco y oro de Juan
Belmonte.
El antiguo hierro de los Tulios, los telefonemas que los gallos enviaban tras torear a Gelves, la vara con que manejaba los toros Teodoro Lasanta o aquel puro que regalaron a Montoliú en aquella desgraciada tarde. Cada objeto, cada fotografía tenían su historia y su atractivo. Y era Marcelo quien lo explicaba con pasión al visitante. De modo que Museo y Marcelo se resultaron conjunto inseparable.
El Museo Taurino se convirtió en espacio de encuentro para las gentes del toro en San Fermín. Y Marcelo ,en su papel de anfitrión, era un embajador pamplonés en el mundo taurino. Miles de personas pasaron por aquel piso de la Estafeta en los mediodías del mes de julio. Todos eran agasajados con rosado navarro y chistorra.
En 2005, llegado al último tercio de su vida, fue homenajeado por la ciudad. En un acto sencillo, de enorme emotividad, en el que el Ayuntamiento de Pamplona primero y sus amigos mas tarde reconocieron su trayectoria en pos de la Fiesta. El pasado mes de abril, en plena feria sevillana, los teléfonos comenzaron a sonar: Marcelino había muerto en Pamplona. Fue noticia en periódicos y en la información taurina de internet. Muchos realizaron largos viajes para asistir al funeral.
La gente del toro perdió un amigo, la ciudad un gran pamplonés (que gustaba en llamarse pamplonica), y los aficionados perdimos algo fundamental: un referente.
Mariano Pascal
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