Una del Conde...para Pamplona

  Relato de un viaje al sur más verde
 
por Mariano Pascal,
 
una versión de este relato fue publicada en Diario de Noticias el día 3 de marzo de 2008

    Queriendo adelantarse ciento treinta días a los sanfermines el juntapalabras se echa a la carretera. Quiere conocer la ganadería del Conde de la Corte. Los toros de este hierro, tras diez años sin anunciarse en los sanfermines, regresan este año a la Feria del Toro. Para verlos en el campo debe poner rumbo a Extremadura. Al sur de Badajoz, entre Zafra y Jerez de lo Caballeros. La nueva autovía que sigue la Ruta de la Plata hace el trayecto más cómodo.

   Cuando quedan pocos kilómetros la carretera comienza a llenarse de explotaciones ganaderas.  Los pueblos de casas blancas, torres mudéjares y fortalezas templarias, se alternan con fábricas de chacina y fincas de ganado manso. Desde la carretera el cerdo ibérico es el rey de la dehesa.
Las últimas lluvias  han ayudado a verdear  todo este terreno salpicado de encinas y olivos. Para el visitante recién llegado de Navarra no deja de ser un contraste. En estos días que la Cuenca de Pamplona refleja los efectos de la sequía, estas tierras, que desde la distancia creemos de secano, recuerdan a la Navarra más verde.
 
   Al llegar a la finca pronto descubrirá el juntapalabras cual ha sido su error. No ha escamoteado unos días al calendario. Ha saltado casi un siglo atrás en el tiempo. Los Bolsicos es una finca que, allá por la década de los veinte, Agustín Mendoza Montero, Conde de la Corte, tardó tres años en acondicionar para la cría del toro bravo. Una finca donde todo está organizado para el manejo de reses de lidia. Donde la distribución, los muros, los correderas y hasta la última puerta tiene su por qué. Y una finca donde se han criado los toros que, amén de haberse hecho legendarios por sus éxitos en los ruedos, han transmitido su simiente genética a la mayoría de las ganaderías y encastes triunfantes en nuestro tiempo.
   El caserío principal está construido sobre los muros de una torre templaria. La cal de las paredes no pueden disimular las almenas defensivas que coronan el tejado. El caserío preside la finca. Y alrededor de éste varios muros de piedra delimitan enormes cerrados donde pastan los toros de saca, aquellos que componen las corridas que se lidiarán este año. Más alejadas están las laderas donde se encuentran las reses mas jóvenes: los añojos, erales y utreros. Y junto al cortijo, accesible desde todos los lados, la plaza de tientas. Una plaza de tamaño medio, sin palco ni grada, de austeridad absoluta.
 
   Luis Guillermo López Olea, actual titular de la ganadería, hace subir a un todo terreno a los visitantes. Al abrir la primera cancela los pamploneses se sorprenden con la presencia de los primeros toros. Estos animales, en su entorno, son todavía mas bellos de lo imaginado. Son los verdaderos reyes de la dehesa y sólo se ponen en movimiento con la cercanía del automóvil.

   De la camada de este año saldrán seis corridas.  Encabeza la camada la corrida de Pamplona. Son varios los toros reservados. Muchos más que seis. A Pamplona vendrá lo más sobresaliente. Varios de los toros, por cuajo y presencia, son claros candidatos a componer el sexteto final, pero el ganadero no quiere cerrar el cupo todavía.  En el ganado bravo, por peleas o accidentes, pueden producirse bajas de aquí a julio. Y prefiere no tentar a la suerte.

   El coche se va acercando a los toros, y el ganadero va manejando el vehiculo para facilitar las fotografías. Varios toros se alejan rápido, y alguno, encampanado, se planta desafiante ante los extraños. El gallito de este cerrado es negro, como casi todos los toros del Conde. Lleva el número 69. Pero a veces sale algún toro colorado. Y precisamente un colorado está reseñado para Pamplona en el cercado vecino. Si no se tuercen las cosas, correrá el encierro en el mes de julio. Como todos sus compañeros presume de una encornadura marca de la casa: fina y espectacular pero tampoco aparatosa. Unas “perchas” condesas, las de toda la vida. Alguno del lote, con la cuerna más abierta, le hace tener al ganadero una duda: cuando llegue el momento ¿cabrán esos pitones en la muleta del matador?

Pero por ahora los toros se mueven a su antojo. Pacen, mugen y se esparcen en la alfombra verde del cerrado. Una alfombra pulida y abonada durante años por los propios toros que la han ido transformando en una manta vegetal. Y una manta por donde se mueven arriba y abajo para comer o beber, y de paso ejercitar los músculos.
 
  Las palabras del ganadero, aquejado de una severa afonía, responden amablemente a las dudas de los visitantes. Este reconoce que, en cuanto conoció el interés de la Casa de Misericordia por sus toros, interrumpió los contactos con la empresa de Madrid. Para él volver a Pamplona este año es un honor. Vista la cantidad de toros reservados, sus palabras suenan sinceras.

Próximos a los toros de Pamplona se encuentran apartados los de Vitoria. Sin necesidad de ser veedores los visitantes aprecian la diferencia entre los toros de Pamplona y el resto. Siendo la corrida seria, pareja y bonita, a la de Vitoria le falta ese último peldaño de presencia que hace reconocible los toros que en julio pastan en los corrales del gas.

Los toros están mudando aún el pelo de invierno. Con la primavera tendrán ese brillo que reluce con las primeras calores. Y dentro de unos meses, cuando llegue el momento del traslado, serán conducidos hasta las proximidades del caserío. De allí pasarán a un pequeño recorrido cerrado que los hará desembocar directamente en la manga de embarque. Allí los toros serán cargados en el camión rumbo a la Rochapea. Pero eso será en julio... ya falta menos.

Mariano Pascal

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