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San Fermín divide el año
del jotero en dos partes bien diferenciadas, en el antes y después
de, con ocho días de todos y para todos.
El bueno de Carlos era como era, un
jotero impenitente y gozosamente disfrutón, con un pasar
digno, con cuarenta tacos en la mochila y unas ganas de vivir
que no eran normales en un hombre de su situación, donde
se llevaba más la prisa, el teléfono, el stress,
el Financial Times y la visita esporádica a Mallorca o
a Marbella.
Tenía, él siempre lo decía,
una desgracia, una especie de estigma genético del que
se sentía secretamente orgulloso, con la modestia propia
del que no quiere crear en su entorno, en su cuadrilla de amigos,
"condiciones subjetivas de revolución" que decía
Lenin.
Esa desgracia no era otra que la necesidad
imperiosa de recorrerse las ferias y su calendario vital se dividía
en dos, las ferias de antes de San Fermín y las de después,
las de corbata y desmadre controlado y las otras, las de solanera,
vino frío, bota y cercanías de otoño que,
en momentos concretos le desazonaban porque todo lo bueno acaba
por terminarse.
Soltero y solo en la vida, sin perrito
que le ladrara mas que su propia conciencia y sin un anillo con
una fecha por dentro, que decía la copla a la cual, desde
la tonadilla melíflua hasta la jota valiente o el zortziko,
era gran aficionado, empezaba a revivir allí por febrero
cuando observaba los pequeños signos primaverales en su
entorno y, a pesar del abrigo, algo se le alborotaba en la sesera.
El hilo conductor de su vida era el toro por el que no sentía
pasión pero al que amaba porque le propiciaba todo por
lo que vivía.
El bueno de Carlos no era lo que se
dice un ludópata, no se vayan a creer, sino un lúdico,
lúcido y consciente de que su forma de vida podía
ser un seguro contra infartos de raíz laboral.
La Costa Mediterránea.
No le gustaba demasiado la feria de
Valdemorillo porque, decía, era de boina, pelliza y aguardiente
puro y duro, de camiseta y estornudo; su ciclo todavía
no se había iniciado y no era cosa de precipitar las cosas.
En Marzo tenía dos citas Mediterráneas a las que
acudía puntualmente con ropa de entretiempo y el ánimo
todavía un poco embotado, "para soltar músculos.
Castellón era el primer round y allí tomaba
los primeros soles, se asustaba siempre con la "mascletá"
y gozaba con el humo de la pólvora que le inundaba los
pulmones. Al terminar los toros y después de llegar a
las mismas conclusiones de siempre, cenaba con gente de allí,
Carlos tenía amigos en todas partes, e iniciaba la ronda
de pubs contando chistes y ojoavizorando, siempre con la escopeta
cargada, mozas a las que requebrar y con las que horizontalizar
ternuras discretamente. Con el sabor del "arros" del
Grao en la boca y sin, todavía, sentirse a gusto, bajaba
a Valencia en busca del barroquismo, la feria, la luz y el fuego
pues había algo, entre tanto tópico, que le llegaba
vía la cara, roja y jocunda, de acercarse a ver los "ninots"
crepitar y derrumbarse con un ruido sordo y luminoso. La Virgen
de los Desamparats y los falleros lo traían al fresco
porque, decía, no tienen nada de cachondos y la gente
que transitaba ordenada y masivamente, no encajaba en sus esquemas
festivos. No había llegado la hora ni la Época
de desmadrarse, el cuerpo no se lo pedía, pero las corridas
de toros empezaban, a estas alturas, a motivarle profundamente
y ya discutía un muletazo o la bravura de un toro, algo
que quince días antes le resultaba baladí.
Sevilla, mire usted, que maravilla.
De vuelta a su querencia preparaba todo
lo que necesitaba para irse, en farolillos, a Sevilla. Le gustaba
al hombre porque pensaba que es la única fiesta de verdad
pagana y que no esta bajo la advocación de nadie. "Y
si te toca un Santo malaje, qué" pero siempre terminaba
por echar de menos que no fuera una fiesta de todos con todos
que eran las que le apasionaban. En Sevilla huía de las
copas, de pubs y demás zarandajas y se dedicaba a vivirla
con pasión contenida, con corbata nocturna en el tráfago
de casetas, vinos y manzanillas varias y era la primera vez en
el año en que bailaba con la gracia de la buena voluntad
y la primera en la que se rompía la garganta intentando,
al amor de un aguardiente de tigre, cantar un fandango desaforado
porque hay horas que el intimismo no le iba demasiado. Disfrutaba
como pato en una charca en la Maestranza a pesar de los toros
chicos, a él no le iban y, hombre sensible, entendía
el aire de la señora del búcaro, del reventa, del
tío del turrón en el baratillo y de Curro Romero.
Sevilla era el único sitio en que las madrugadas le sorprendían
y no sabía porqué. Se limitaba a contemplarlas
y olerlas pues no hay que olvidar que Carlos era un sibarita
del momento, del instante, del quejío que tiene cualquier
cosa en Sevilla.
La cuesta abajo
Cuando llegaba exhausto de Sevilla,
"de la única forma que se puede llegar" ya no
vivía esperando el momentazo del cohete, el momentico
de la procesión de San Fermín, "Joé
que Santo", el momento del primer encierro y la fugacidad
de la primera carrera.
A Madrid no iba, "allí no hay feria aunque haya toros",
y se dedicaba a citar a todos los amigos, de todos lados, "el
seis a las seis" y, el mismo anunciaba su llegada a las
tropecientas mil personas que conocía en su Pamplona de
cuando te volveré a ver.
Mayo y parte de Junio, con esporádicas
excursiones, para ir calentando el cuerpo, los pasaba insuflando
ánimos a sus cercanos en una cuesta abajo tan pronunciada
y tan sin solución de continuidad como la de Santo Domingo,
donde según él, "las había pasado mas
putas que Caín" cuando las piernas y el resuello
todavía eran parte de su patrimonio corporal. Por San
Juan, otro Santo lúdico, lo suyo ya era un auténtico
come-come y preparaba hasta los últimos detalles suyos
y de los que se le acercaban a pedir consejo a sabiendas que
luego, embotijado perdido, iba a quedar medio mal y medio bien
con todos, concepto para él irrenunciable del seis al
catorce de Julio. El sabía que nadie se lo iba a tener
en cuenta y que su afán de aglutinar a todos bajo la carpa
del cielo de Pamplona le salvaría siempre in extremis.
A partir del siete entraba en una especie
de éxtasis jotero y se le veía en todos los lados
y en ninguno, hablando con todos, vacilando con todos y todos
con él. Se empapaba de calle con regusto a churro y chocolate
mientras le entraba un no sé qué en las dianas,
le sudaban siempre un poco las manos instantes antes del cohete
y vivía el encierro con la gente de a pie, a codazos,
de puntillas estirando el cuello. El no veía: vivía,
presentía y sufría. Pasaba del tormento al éxtasis
en nada, en segundos. Era el único momento que le gustaba
vivir a solas, "en intimidad", decía. Después
sí. Desayunaba muchas veces y se iba con alguien al baile
de la Alpargata esperando la hora del almuerzo, esperando la
hora de sus inefables magras. Gozaba del sol atemperado y mientras
algunos de sus amigos se iban a la cama, él iba en busca
de otros que le aguantaran el tirón de los gigantes y
cabezudos. Se lo pasaba como en fiestas con las carreras y los
pucheros de los críos y crío, al fin y al cabo,
no dejaba de meterse con el Tío Vinagre hasta que éste
lo dejaba por imposible.
Era la hora del apartado y era la hora
de hablar de toros a pesar del agobio. El no se movía
de la barra por la que, indefectiblemente, pasaban todos a tomar
vino fino que nunca probaba porque "no tengo el cuerpo como
para mezclas". Siempre salía en cuadrilla al poteo
con pinchos "cuanto mas churrustrosos, mejor" saludando
a uno y a otro y metiéndose con la cara del prójimo,
sin fijarse en sus ojeras. La comida ruidosa, desordenada, festiva
y lenta le dejaba "el cuerpico arreglado" para esperar,
copa en la mano y tranquilidad, la hora de irse a las mulillas
para subir a la plaza con el pasodoble inundándole el
espíritu. A los toros iba a sombra sin merienda, siempre
se la llevaban y allí disfrutaba con todo pensando que
"el año que viene voy a sol", cosa que nunca
hacía a pesar de los ruegos de los de Muthiko. Se desaceleraba
al salir mientras le daba al trago largo y la cena siempre le
pillaba a trasmano para perderse después, con todos en
el lío nocturno.
Cuando llegaba el catorce se apoderaba
de él un muermo angustioso de ver y sentir que se terminaba,
que se tenía que despedir, cosa que nunca hacía
porque el nudo en la garganta se lo impedía siempre. Para
él las ferias de "después de" ya eran
otra cosa y las vivía con cierto distanciamiento. Vitoria
no le llenaba, no era de todos y en Bilbao, otra vez la corbata,
a pesar de ser agradable y tranquila, su ciclo vital se aproximaba
a su fin y veía el otoño como algo insoslayablemente
cercano.
Carlos se iba ralentizando para retomar
sus cuarteles de invierno en las debidas condiciones. Una vez
llegado septiembre se escapaba a Logroño a hacer catas
salvajes pero era otro ya, distinto, un punto más escéptico
y un mucho más cansado. Sólo se le iluminaba la
cara con los recuerdos y era capaz, fugazmente, de volver a su
verdadero ser contando las cosas de su Feria de Todos. Los que
le conocíamos y le conocemos sólo teníamos
que decirle: "ya falta menos" para que se nos viniera
arriba superando la humedad, el gris, el muermo. Ahora que ya
no falta nada estará el bueno de Carlos, jotero impenitente
y gozosamente disfrutón, en cualquier esquina de la Feria
de Todos, con todos.
Paco Apaolaza
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