Juan Antonio Ruiz Espartaco
Feria del Toro: Los Toreros de la Feria del Toro: Espartaco
Carlos Polite Gomollón
Publicado en Diario
de Noticias , suplemento San Fermín
2006
PAMPLONA. La historia se inicia en El Aljarafe, comarca sevillana salpicada
por pueblos sometidos durante centurias a la servidumbre de la tierra. En Espartinas,
fue cristianizado un bebé de pelo pajizo que en el libro de la familia
Ruiz Román se registró con el nombre de Juan Antonio. El futuro
maestro en tauromaquia había nacido el 3 de octubre de 1962 y era el
primogénito de una extensa prole que pobló el hogar del modesto
matador de toros Antonio Ruiz, Espartaco . La carrera del progenitor de Juan
Antonio soportó la dictadura de Manuel Benítez y le costó
muy caro. A tanto llegó el desencanto del honrado matador, que todos
sus sueños los traspasó a su retoño volcándose en
su educación para llegar a ser un hombre cabal, y por supuesto, alcanzar
la gloria como figura del toreo.
Juan Antonio se vistió de luces siendo un chaval en el coso de Camas,
cuna de Curro Romero. Era el día de San José de 1975 y el muete
no había cumplido los 13 años de edad.
Antonio presentaba en sociedad a su retoño en fincas y tentaderos, además
de festejos menores. Consiguió su estreno con los del castoreño
en la plaza de Ondara (Alicante), el 29 de enero de 1978. Lidió utreros
de Castral de Yeltes, del campo charro, y se lo pasó en grande consiguiendo
cuatro orejas y un rabo. Le acompañaron en la tarde gloriosa Manolo de
los Reyes y un tal Emilio Muñoz, que también tocó pelo.
Juan Antonio no había cumplido la edad reglamentaria de 16 años
y aquella temporada toreó todo lo que le pidió el cuerpo. Conoció
a Manuel Rodríguez, El Mangui, y se pusieron de acuerdo para liderar
el escalafón de novilleros. Remató la temporada con 57 festejos.
La temporada de 1979, la inició Juan Antonio arrasando por los cosos,
con la intención de licenciarse en tauromaquia en cuanto los vientos
fueran favorables. Cometió un error táctico al no presentarse
de novillero en Las Ventas del Espíritu Santo, ya que la cicatera afición
de la Villa jamás ha perdonado que alguien llamado a ser figura del toreo
tome la alternativa sin soportar sus impertinencias en la etapa de la pelea
con los utreros. Otro tanto le aconteció al trianero Emilio Muñoz.
El 1 de agosto de 1979, Manuel Benítez le cedió trastos y la lidia
de un burel de la vacada de Carlos Núñez, actuando como testigo
el gran torero de Gines, Manolo Cortés. El toricantano de 16 años
demostró con su talante que estaba dispuesto a organizar la tremolina.
Y así aconteció, ya que consiguió desorejar a su lote de
bóvidos y dejar impronta de torero macho atacado por la ferocidad de
su adolescencia y una ambición sin límites. Con la experiencia
y la madurez comprendería que ciertos errores en la gestión de
su primera etapa como matador de toros, se pagaron a un alto coste. El joven
matador liquidó la temporada con 24 novilladas y 22 festejos mayores.
LOS SANFERMINES 1980 fue un año movido en nuestra comunidad, puesto que
la universidad sufrió un atentado del terror que provocó un sarpullido
en todo el colectivo y nuestra incipiente democracia soportaba embates por barlovento
y... sotavento. Pero, los Sanfermines prometían momentos de exaltación
lúdica y hedonista. Además de la presentación en sociedad
del torero del Aljarafe, se incluía en la novillada del día de
las Vísperas la presencia del retoño de Pepe Luis Vázquez.
Dicen que el rubio y modoso torero cobró la friolera de 800.000 pelas
. El chaval resultó un vivales y nos la dio con queso . Aquel año
los veterinarios rechazaron el lote de Benítez Cubero, que más
que toros parecían en los orrales del Gas un plato de albóndigas
de capa zaína. Lo más novedoso fue el estreno histórico
de una regidora del Ayuntamiento acomodando sus posaderas en el palco de nuestro
coso monumental. La concejala atendía por Maruja Oyaga.
El día 12 de julio amaneció nublado y con rachas de ventolera.
El que suscribe almorzó en el Gas con el inolvidable Teodoro Lasanta,
Domingo Nogales, mayoral que fue del Marqués de Albaserrada; Luis Saavedra,
columna vertebral de la casa Guardiola, y otros amigos. Cuando ya me dirigía
a la salida, prácticamente me topé con una persona de aire ensimismado
y rictus de preocupación extrema. Nos pedimos disculpas mutuas y caí
en la cuenta de que aquel hombre era Antonio Ruiz, padre del toricantano Juan
Antonio. Me presenté y le invité a un chato de fino y me comentó
que tanto él como su muchacho estaban apesadumbrados por la enorme responsabilidad
del debut en Pamplona.
La corrida del Marqués de Domecq era como un tren: 20.000 espectadores
esperaban al torero y algo sabía de la olla a presión que eran
las peñas de mozos. Yo le añadí lo del punto de inflexión
y su mirada me demandaba con cierto aire lastimero una razón para relajarse.
Le comenté: "Mira Antonio, si tu hijo sale al coso dispuesto a echarle
a la lidia inteligencia y valor sin límites, además de la torería
que atesore, cortará las orejas. Saldrá a hombros. Se meterá
a Pamplona en el esportón y volverá muchos años".
Antonio esbozó una sonrisa y comentó: "¡Que Dios te
oiga!". Nos despedimos y aquella fue la primera y última vez que
he compartido un ratito con Antonio Ruiz, Espartaco .
Mis deseos se cumplieron, porque Juan Antonio Ruiz, Espartaco , salió
en volandas por la puerta del encierro al finalizar el festejo en la tarde de
su estreno en los Sanfermines. Se lidiaron cuatro toros del Marqués de
Domecq, porque un burel se despitorró en la Estafeta y otro se destrozó
un pitón durante la lidia. Los sustitutos fueron de Maribel Ybarra y
Guardiola Fantoni. Realizaron el paseíllo, Ángel Teruel, Pedro
Gutiérrez Moya, Niño de la Capea, y Juan Antonio.
El toreo del joven diestro no se decantaba por el sendero del pellizco, ángel
o duende lorquiano. Lo suyo era dominar al burel con el poder de la técnica
y el valor. Juan Antonio tomó buena nota de la actitud de sus colegas
y recibió a su primer oponente dispuesto a reventar la plaza. Al noble
toro del Marqués le enjarretó seis derechazos en postura genuflexa
y el personal calentó motores a la espera de un trasteo armónico
con la mano derecha, previo a un soberbio volapié que merecieron el premio
de las orejas. Juan Antonio arrivó a Pamplona y besó al santo.
Fue la primera salida a hombros del mozo del Aljarafe. El torero remató
la temporada con el bagaje de 35 corridas en su haber.
Juan Antonio fue contratado para dos tardes en los Sanfermines de 1981. El día
del Patrón se paseó por el albero junto a Teruel y Tomás
Campuzano para lidiar un encierro de Pablo Romero remendado con un burel de
Pérez Angoso. La tarde la presidió el bochorno con lleno hasta
el callejón. Ángel Teruel se lo tomó con calma y en plan
aséptico, el animoso mocetón de Gerena, Tomás Campuzano,
le echó alegría al asunto y consiguió el premio de una
oreja. Mientras tanto, Juan Antonio se mostró fallón con el tercero
de la tarde y enmendó la plana con el sexto con un toreo un tanto retorcido
y con dosis de genuflexia de cara a la galería, léase la solanera.
Le premiaron con el apéndice de rigor y... al hotel. El día 13
se lidiaron bureles del Conde de la Maza. Los mansurrones toros de Leopoldo
aceptaron con buenos modales la presencia de la pañosa y los toreros
decidieron por consenso que aquella tarde no iban a dar un palo al agua . Juan
Antonio ahogó a su primer oponente con un trasteo de cercanías
y al último del festejo le perdió la cara. El de Espartinas se
despidió a la francesa y deducimos que no se venteaban buenos efluvios
para el futuro del torero. Terminó la temporada con 59 festejos.
El mozo del Aljarafe inició el año 1982 con brío y la ambición
intacta. Avisó en Valencia el 17 de marzo dando un baño a Manzanares
y Emilio Muñoz, a la espera de Sevilla y su Feria de Abril. El día
27 de abril, Juan Antonio salió en volandas por la Puerta del Príncipe
tras cortar tres orejas a bureles de Jandilla. Previo a los Sanfermines, los
mentores del diestro decidieron su presentación en Las Ventas y confirmar
su alternativa. Los aficionados de la Villa y Corte le esperaban con la faca
entre los dientes . A pesar de que el 25 de mayo no tocó pelo, la aristocracia
del tendido 7 le perdonó la vida y pelillos a la mar.
El 7 de julio se paseó por el coso pamplonés junto al Chema Manzanares
y Tomás Campuzano. La sorpresa de la tarde fue la presencia junto al
presidente Julián Balduz, de Agustín Castellanos, Sabicas .
Se lidiaron toros del Conde de la Corte, que no cumplieron con el guión
previsto por el ganadero Luis López Ovando, a pesar de su tremendo trapío.
Los bureles decepcionaron por su mansedumbre, actitud extraña en la vacada.
A la vista del material, el torero alicantino tiró por el atajo y...
se lo imaginan ¿no? Tomás le puso buena voluntad al asunto y Juan
Antonio se equivocó al brindar el tercero de la tarde a los abarrotados
tendidos. El manso le arreó un poco de estopa y el matador desistió.
Enmendó su compostura con el sexto y consiguió retazos de cierta
calidad a pesar de los tornillazos.
En la tarde del 11 de julio se lidió como sobrero un toro de Cebada Gago
y descubrimos el futuro de una vacada excepcional. El joven diestro finalizó
la temporada en cabeza del colectivo con el bagaje de 69 festejos.
1983 fue un año de transición. La Meca sigue siendo fiel con el
torero y le ajusta dos tardes en San Fermín. Juan Antonio había
pasado por el hule por sendas cornadas de carácter grave en Orihuela
y San Fernando y era una incógnita su estado de ánimo de cara
al duro compromiso de los Sanfermines. Volvió a enfrentarse a los Pablo
Romero el día 7, acompañado por el ecijano Pepe Luis Vargas y
Tomás Campuzano. Juan Antonio se aprovechó de la boyantía
del tercero de la tarde para birlarle una oreja.
Repitió paseíllo el día 11 con dos novedades. Por una parte
se lidiarían bureles del hierro de Los Guateles , de pura estirpe Juan
Pedro Domecq y arribaba a Pamplona el tartésico Paco Ojeda en la cima
de su carrera. La reventa se puso las botas y la tarde en plan de sol y moscas.
Con la llegada del figurón Ojeda, el trapío de los bureles, al
sumidero. Luis Francisco Esplá ejerció, esta vez, de director
de lidia y fue el único que tocó pelo. El hombrón de Sanlúcar
de Barrameda lo intentó malamente con su primero y naufragó con
el segundo. Juan Antonio se pasó de rosca con los dos pollinos encornados
que le deparó el sorteo. Para olvidar. Fue la tarde más gris de
Espartaco por nuestros lares. El torero remató la temporada con 60 contratos,
excluyendo sus viajes por los cosos americanos.
La temporada de 1984 fue para el joven matador de una vulgaridad ostensible.
Si bien su toreo efectista lograba éxitos que se traducían en
trofeos, no evolucionaba y su relación con su apoderado se iba deteriorando
con carácter irreversible.
El día 8 de julio se paseó por el coso pamplonés junto
a Paco Ruiz Miguel y Tomás Campuzano para lidiar toros de Pablo Romero.
Los bureles cárdenos se pavonearon con su trapío esplendoroso,
pero poco más. Juan Antonio pasó sin pena ni gloria y para su
desgracia se mostró pesado con el estoque y, por primera vez, escuchó
pitos.
Repitió actuación el 10 de julio para enfrentarse a bureles de
José Luis Osborne, acompañado por el manchego Dámaso González
y el infortunado José Cubero, Yiyo . El mozo del Aljarafe se encorajinó
con el primero de su lote y toreó a destajo. Consiguió la orejuela
de rigor y cuando esperábamos que con el 5º del evento organizara
la tremolina, se plantó en plan comodón, lidió al hilo
del pitón y nos defraudó. Terminó la temporada con 51 festejos.
EL DESPEGUE Y LA GLORIA 1985 fue el año clave en la vida del torero.
Fue el punto de inflexión en su carrera y en su futuro cuando se anunció
dos tardes en La Maestranza y su Feria de Abril. Juan Antonio había tomado
la decisión irreversible de abandonar el oropel del oro y seguir el camino
de su colega y amigo El Mangui para integrar el colectivo de los toreros de
plata. Después de seis años de alternativa y más de 250
corridas a sus espaldas se encontró con cuatro perras , un apoderamiento
nefasto y letal para sus intereses y la moral en el séptimo círculo
del infierno dantesco.
El día 25 de abril se lidiaba una corrida de los Núñez
de Manolo González y era la última oportunidad para el torero.
Juan Antonio sublimó el arte del toreo con el burel castaño de
la sierra de Aracena. La apoteosis de Juan Antonio se televisó en directo
por toda la piel de toro. Era el momento de que el camino de sangre, sudor y
lágrimas fuera desintegrado por el de fortuna y gloria.
La figura del toreo de nuevo cuño se vistió de luces en Pamplona
el 9 de julio para lidiar cuatreños de José Luis Osborne junto
a Luis Francisco Esplá y Manzanares. Fue la tarde de gloria de Esplá,
aunque el de Espartinas no desentonó. A su primero lo dejó un
poco crudo en la suerte de varas, el toro cumplió con creces y el diestro
nos asombró con un trasteo totalmente distinto al que nos tenía
acostumbrados. El toreo efectista y lineal se había evaporado y el poso
era el conocimiento de los terrenos y una técnica ortodoxa y depurada
que se hicieron patentes en todo el abarrotado coso. Así mismo, el diestro
era ya un consumado estoqueador y parte de su éxito debe ser atribuido
a su contundencia con el estoque. Cortó dos orejas, que debieron ser
tres y el mozo salió por segunda vez a hombros por la puerta del encierro.
La conclusión de todos los aficionados fue concluyente: lo de Sevilla
había transformado a Espartaco. Concluyó la temporada en la cabeza
del escalafón con 91 festejos en las alforjas.
En 1986 vuelve a salir a hombros en Sevilla, cortando tres orejas a toros de
Carlos Núñez. Aunque Madrid se le sigue atragantando, el torero
arrasa por todos los pagos ibéricos con su peculiar sentido de la responsabilidad
y su toreo sedimentado.
Pamplona le espera expectante y el 9 de julio el torero se anuncia junto a Capea
y José Ortega Cano con reses de José Luis Osborne, brillantes
ganadores del trofeo Feria del Toro del año anterior. Pues, días
de mucho y vísperas de nada . Los bureles decepcionaron y los toreros
dejaron pasar la tarde realizando faenitas de enfermero.
El día 12, los cuatreños del Marqués de Domecq salieron
correosos, poniendo a prueba el temple de los toreros. José Antonio Campuzano
se mostró vulgar y sin acoplamiento. Emilio Muñoz estaba al borde
del abismo y se tragó dos sonoras pitadas. Y mientras tanto, Juan Antonio
estaba sobrado de actitud y conocimientos, tanto que alborotó al personal
santo durante la lidia de sus enemigos. Los exprimió a conciencia y el
escaso bagaje de una oreja fue la consecuencia de su fallo a espadas.
Volvió a ser el amo y cuando la temporada tocaba a su fin, el diestro
se vistió de luces 88 tardes, siendo el líder del escalafón.
En 1987, el diestro es consciente de que manda en la Fiesta. Impone materia
prima y altos honorarios, sabedor también de que tal actitud puede acarrearle
el desprecio de los aficionados. Pero, el torero logra superar el agobio con
su profesionalidad contrastada capaz de la entrega total en cualquier coso.
Acudió a Pamplona en la tarde del 13 de julio para estoquear un encierro
encastado de la vacada jerezana del Marqués de Domecq. Le acompañaron
Capea y Ortega Cano. El sexteto salió remendado con un burel con el hierro
de Zalduendo, propiedad de Florencio Marín de Caparroso, que a los postres
fue la perita confitada. Vista y analizada la actitud de los toros, Juan Antonio
asumió el trasteo efectista de los viejos tiempos. Se le ovacionó,
porque despenó con eficacia a sus oponentes y hasta el año próximo.
Remató la temporada con 100 festejos.
ARRASANDO El ciclo de 1988 se inició arrasando ya en las primeras ferias
del levante español. La Magdalena de Castellón y las Fallas valencianas
fueron testigos de la plenitud del torero, quien calentó motores para
cumplir con los ¡cinco¡ compromisos en la Feria de Abril. No consiguió
que los goznes de la ansiada Puerta del Príncipe chirriaran en su honor,
pero cortó cuatro orejas y dio tres vueltas al ruedo. En la Villa y Corte,
el 19 de mayo apechugó con dos sonoras pitadas por parte del respetable.
Aunque la lidia con los bureles de Baltasar Iban fue correcta, el hecho de despachar
a sus toros de sendos bajonazos, desató la ira del personal. La bronca
fue justa y el torero se tragó la bilis. El 26 de mayo enmendó
y salió airoso del trance, pero sin estridencias.
Juan Antonio ajustó un contrato con La Meca para el día 13 de
julio. Sus desorbitados honorarios no aconsejaban más compromisos. Junto
a Julio Robles y Fernando Lozano lidió reses de Atanasio Fernández,
que como es habitual mansearon lo suyo peleando con los del castoreño
y fueron después complacientes con la muleta de los diestros. Espartaco
era un maestro con una técnica depurada y puesta en escena de actor consumado.
Sabía adaptarse a las características de los bureles y al ambiente
de los cosos con la inteligencia clara de un auténtico líder.
En la tarde sanferminera solamente consiguió una orejilla , pero logró
que el personal santo abandonara la plaza con la sonrisa de oreja a oreja. Lideró
el escalafón con 82 festejos.
El matador vuelve al redil con el clan de los Lozano y las exigencias de platita
y materia prima se desmadran. Por el levante lidia toros indecorosos, pero el
triunfalismo que despierta en las masas consigue que las lanzas se trastoquen
en cañas y a pesar de despenar a sus enemigos en los bajos, logra salir
airoso de los compromisos. En Sevilla, bordeó el desastre, pero en su
cuarta y última cita y con gran visión de la jugada se enfrentó
con los astifinos toros de Cebada Gago, vacada contrastada y descubierta por
los pamploneses. Rectificó sus errores, cortó las orejas de uno
de sus oponentes tras una faena de sabiduría y estoconazo soberbio. Le
faltó un poco más de pelo para abrir la Puerta del Príncipe.
Aclaramos a los lectores que el 12 de abril de 1989, se lidiaron cebaditas en
Sevilla, porque los veterinarios habían rechazado las albondiguillas
zaínas del hierro de Sepúlveda anunciadas por la empresa. El matador
aceptó el reto, porque en Pamplona le esperaba un serio compromiso con
los inquilinos de La Zorrera y hubiera sido humillante tomar las de Villadiego
.
El empecinamiento de sus mentores por colocarle con las vacadas más ignominiosas
de los pagos ibéricos estaba erosionando la credibilidad del matador
y afectando a su dignidad, aunque no a su cuenta corriente. Como en Madrid habían
exigido materia prima del campo charro, léase el clan Atanasio y colaterales,
el torero lidió inválidos tolerando impávido, suponemos,
la ira de los aficionados, que no de los del clavel.
Cito aquello que en el castigo tienen su penitencia, ya que Madrid tiene una
afición proverbial por el tono verde de los moqueros que celosamente
administra el palco presidencial. Sucede que la figura instalada en el Olimpo
se va a enfrentar a dos bureles de la vacada titular, seleccionada e impuesta
a la empresa, pero termina por lidiar toros con el hierro de la Bernarda, a
veces, corraleados y de aviesas intenciones.
Pero en el circuito del gran slam taurino, Juan Antonio se sacó las dolorosas
espinas en una de las plazas de sus amores. Aconteció el día 12
de julio en el coso monumental de Pamplona, recordando al gran Luis del Campo.
Se lidiaron toros de Salvador García Cebada, que derrocharon bravura
a excepción del sexto de la tarde. Ortega Cano se perdió en sus
clásicas pruebas de tanteo y se le esfumó un triunfo de escándalo.
Enmendó su actitad durante la merienda y logró un apéndice
un tanto benévolo. Miguel Báez, Litri, nos acojonó cuando
Dormilón le arreó una cornada tremenda. Temimos la tragedia, pero
la juventud del valiente y la acción de los magníficos cardiovasculares
le salvaron la vida.
Juan Antonio organizó la marimorena con la lidia del segundo de la tarde.
El mozo del Aljarafe nos obsequió con una lección magistral de
tauromaquia, sobre todo, por el pitón derecho y cuando abatió
al bravo de un soberbio volapié, la plaza fue un clamor cuando el torero
se paseó con las orejas por el albero. No enmendó su actitud durante
la lidia del quinto y echó mano de toda su técnica para domeñar
la fogosidad del burel. Salió airoso del trance, pero todo se quedó
en una cerrada ovación por aquello del fallo a espadas. El sexto del
lote fue el garbanzo agusanado del encierro, pero el mozo tiró del repertorio
y logró birlarle una oreja al opresivo burel con la plaza entregada ante
la actitud del líder indiscutible del escalafón. Fue la tercera
salida a hombros. Vuelve a liderar la temporada con 85 corridas.
En 1990 y el día 15 de abril logró igualar al irrepetible Curro
Romero en salidas por la Puerta del Príncipe en festejos de Feria. Cortó
tres orejas a los nobles bureles de Torrealta y salió en volandas por
la puerta soñada por quinta vez. Curro logró esta hazaña
el 19 de abril de 1980 y jamás volvería a conseguirlo. Una vez
tomada Sevilla, el torero decidió campar a sus anchas por todos los cosos
ibéricos. Ajustó dos tardes en Pamplona imponiendo la materia
prima y la plata. Eligió el día 11 de julio para lidiar un encierro
de Atanasio Fernández y de Aguirre Cobaleda. El ínclito Aguirre,
yerno de Atanasio y mentor de los dos hierros familiares, envió a los
Sanfermines una corrida vergonzante e indigna de la Feria del Toro. Ignominia
de tal talante se explica, ya que en el pasado San Isidro, el equipo veterinario
se cargó la corrida y el ganaduros echó mano de los toros de Pamplona
para desfacer el entuerto.
El de Espartinas alternó con Julio Robles y Rafi Camino. Juan Antonio
volvió a triunfar en la Feria y salió a hombros por cuarta vez,
compartiendo los honores con el joven retoño de Paco Camino. El toreo
de Espartaco no entusiasmó como la tarde de los cebaditas , porque el
material fue de ínfima calidad, pero nadie puso en duda su maestría
con los mansos de encefalograma plano de los Atanasios .
El día 13 de julio realizó el paseíllo junto a Roberto
Domínguez y Fernando Lozano para lidiar bureles de Sepúlveda.
Esta vacada estaba de moda y los mandones del colectivo se daban hasta navajazos
para anunciarse en los carteles. El torero del Aljarafe cortó dos orejas
y salió a hombros por quinta vez por la puerta del encierro. Pamplona
y sus gentes estaban con el rubiales . El diestro finiquitó la temporada
con 107 festejos y aumentando sus caudales hasta atiborrar la bolsa.
En 1991, seguimos la pista a un torero muy descentrado al inicio de la temporada.
Los idus de marzo fueron nefastos y en las ferias del solsticio de primavera
le trataron muy malamente. Sevilla tampoco le fue propicia, ya que después
de tres compromisos, una solitaria oreja pasó a engrosar su palmarés.
Se olisqueaban malos efluvios cuando arribó a la Villa y Corte y sus
dos compromisos se saldaron, el primero con dañina indiferencia y el
último con música de viento.
Pero llegaba el tiempo de remontar la aciaga temporada. Esperaban Pamplona y
los Sanfermines. Espartaco ajustó con la Meca un compromiso el 12 de
julio con bureles de Sepúlveda junto a Capea y Ortega Cano. Juan Antonio
se resarció de todos los sinsabores acumulados. Sacó a la palestra
toda su casta, adobada con su prodigiosa técnica y un estoque fulminante
hasta lograr desorejar a sus dos enemigos y dejar la Monumental hecha trizas.
En el festejo atizó la fogata Ortega Cano, que con el segundo de la tarde
nos chutó en vena una faena antológica, que sirvió de acicate
al mozo del Aljarafe. Rectifico lo de mozo, pues al finalizar la temporada el
torero anunció que el 8 de junio había pasado por la vicaría
en la más estricta intimidad. Podemos entender el estado nervioso del
matador en el arranque del año en curso.
Juan Antonio Ruiz salió por sexta vez a hombros en los Sanfermines y
remató la temporada a la cabeza de la torería andante con 88 festejos.
En 1992, el diestro es padre de familia y tal situación imprime carácter.
El toreo de Espartaco sedimenta en el perfecto equilibrio entre su mente clara
y un corazón que derrocha adrenalina a raudales. Es el toreo de la madurez
insigne del conocimiento, hablando al estilo lorquiano. El torero decide levantar
el pie del acelerador y torear menos corridas.
El 13 de julio realizó el paseíllo junto a Ortega Cano y César
Rincón para lidiar y matar a estoque un encierro de Sepúlveda.
La tarde fue calurosa, la reventa salvaje y los bureles medianejos. Juan Antonio
nos regaló una sinfonía del temple en la lidia del segundo de
la tarde y consiguió desorejar al cornúpeta con la plaza en ebullición.
La actitud del respetable resultó un tanto triunfalista y los tres intérpretes
salieron a hombros. Para Espartaco fue la séptima salida en volandas.
La temporada se saldó con 60 corridas de toros y el liderato del escalafón
lo consiguió un tal Enrique Ponce.
En el descanso invernal, el torero sopesó la posibilidad de su retirada,
pero en marzo decidió seguir en la brecha, sabedor de que su poder de
convocatoria no había sufrido recortes. Exigiría cosos, materia
prima y, por supuesto, el caché más elevado en moneda contante
y sonante.
LOS CONDE DE LA CORTE El notición de la temporada de 1993 se expandió
por toda la piel de toro cuando el diestro anunció que se enfrentaría
en los Sanfermines a los bureles del Conde de la Corte. Así aconteció
en la tarde del 14 de julio cuando se paseó por el albero de nuestra
Monumental en compañía del manito Fermín Espinosa, Armillita,
y Juan Antonio Borrero, Chamaco . La tarde no cumplió con las expectativas
previstas en el programa, ya que los hermosos cuatreños de Los Bolsicos
no dieron la talla.
El mexicano nos deleitó con pinceladas de purito arte y el diestro onubense
dio dos vueltas al ruedo al finalizar la lidia de su primer enemigo, mientras
el palco soportaba la bronca más impresionante que puedan imaginarse.
Ayesa se pasó por el arco del triunfo la petición mayoritaria
del personal santo que exigió una oreja del bóvido para el joven
torero. Fue una cacicada.
Juan Antonio apechugó con el lote deslucido y naufragó. Escuchó
pitos y abandonó el coso cabizbajo.
El balance de la temporada se cerró con 53 festejos y la firme voluntad
de no cortarse la coleta.
En 1994, el torero también se lo tomó con calma y aplicó
su técnica depurada para vencer todos los obstáculos. Ajustó
un compromiso en Pamplona y el 14 de julio lidió una corrida de José
Luis Osborne acompañado por Jesulín de Ubrique y José Mari
Manzanares. El trapío de los toros fue impropio de nuestra Feria y aquella
tarde sufrimos el oprobio del rabo de Jesulín, para vergüenza imperecedera
de nuestra historia. Juan Antonio se sintió como en un tentadero y logró
las dos orejas del segundo de la tarde. Por octava ocasión, saboreó
la gloria en los Sanfermines, aunque en esta ocasión la histeria colectiva
se decantó en el larguilucho Jesús Janeiro Bazán.
La temporada siguió su curso y en el refugio invernal el torero, comprometido
con una pachanga futbolera para conseguir fondos de una cabalgata de Reyes Magos,
se vistió los colores de los toreros para enfrentarse a un conjunto de
la crítica. Pues miren por donde, lo que no habían logrado las
cornadas ni las volteretas, lo consiguió una lesión de ligamentos
cruzados o algo, brutalmente, similar. Comenzó para el diestro un calvario
plagado de operaciones y tremendas recuperaciones que no consiguieron el objetivo
de la puesta a punto. Juan Antonio había iniciado el camino sin retorno,
a pesar de su reaparición para poner a prueba su voluntad austenítica
de acero refractario a todos los mandobles.
Visitó Pamplona con carácter irreversible el día 13 de
julio de 1999 para lidiar un encierro con el hierro de Guadalest, debutante
por estos lares. Compartió cartel con Rivera Ordóñez y
un jovencito José Tomás. El añorado diestro de Galapagar
protagonizó los momentos estelares de la tarde, mientras que Juan Antonio
fue ovacionado por el colectivo que abarrotaba el coso, sabedor que el gran
diestro jamás volvería a Pamplona vestido de luces.
Larga vida y salud para disfrutarla, maestro.
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