Feria del Toro: Artículos sobre la Feria del Toro
Humanos, vivos, sanfermineros
Por Enpuntas, un toro cárdeno de encaste perdido
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Coincido con Pablo García Mancha en el
vacío interior que produce el inmisericorde Pobre de Mí de Pamplona,
cuando las fiestas de San Fermín se acaban como un cubata revenido,
aguado ya sin los hielos del vallado del encierro, perdido el norte
personal y geográfrico de las tablas. En ese momento se toma conciencia
de lo que significa la palabra 'terminar'; una mierda para lo de "el
final del verano llegó". Eso sí que es un final triste. Yoli,
pequeña Navarra del encaste de las Irigoyen, contundente como un
ajoarriero a las 11 de la mañana en Casa Paco y dulce como el café
irlandés que prepara en la grada tres, lo definió con un fogonazo de
sentimientos plomizos un día 14, cuando el sexto de la tarde agonizaba
en la arena. "Mañana, borraja", dijo ella un segundo antes de que se
cantase en la monumental aquello de "no te vayas de Navarra" y Paco
Apaolaza dejase la grada casi sin despedirse, con el título de la
crónica en la cabeza: "Reloj, no marques las horas". Después de soltar el pañuelo arrugado, cada uno se enfrenta a la difícil tarea de pasar de 'Modo San Fermín' a 'Modo No San Fermín': días de sueño y resaca inmisericorde, con el único consuelo de tener tiempo muerto para asir de la oreja algunos recuerdos de lo vivido y meterlos a patadas en el disco duro de las alegrías -que no se escapen-, con una media sonrisa seca de nostalgia dibujada en los labios, tres pelos de punta y el único consuelo de un 'Ya falta menos' con tintes de esperanza irreal. Quizás sean las fiestas de San Fermín el evento en el que el toro y el hombre estén más cerca, física y culturalmente. Por eso no le fue difícil a este cárdeno, una vez llegado a Pamplona en el camión de los toros del Marqués de Domecq, hacerse persona, vestirse de blanco y rojo y ser y sentirse humano en todos los sentidos. Ya lo dijo el día 8 la texana Christie, capitana de navío a sus 30 añitos, cuando le preguntaron en medio de la andanada del 10 sobre qué le parecía 'esto': "I think... You are alive" (Estáis vivos), sentenció. Y creo que nunca lo estuvimos tanto. Como el Peloto, sevillano de pro, cubatero amigo, notario oficial de mis momentos más felices, cuando se le pusieron los vellos "para pinchar aceitunas" el día 7 a las 7.58 bajo la hornacina de San Fermín, a pie de Cuesta de Santo Domingo. "Esta es una jota a huevo puro", coincidíamos cuando sonaba aquello de "No sabe qué es emoción quién no ha corrido el encierro". Fue segundos antes del último ¡gora!, cuando los del Marqués mandaron a algunos amigos, entre ellos el Alcalde de Tiebas al hospital y casi hicieran perder tres piños a Ignacio Pérez Cabañas en la puerta del Hospital Militar. Y el Peloto pidiendo churros, chocolate y pacharán."Viva" y en plena forma. Así mismo estaba mi Pacharana, navarra venezolana bautizada con este nombre tras vivir los que podrían ser los sanfermines de su existencia. "Cada día estoy mejor, primo. Podría pasarme así un mes", decía cada mediodía, guapísima en el límite del insulto con sus valientes 25 años, en la barra del Alhambra, antes de batir el récord olímpico de ingestión de cangrejos de río. No se privó de nada: bailó frenética en dianas, se angustió por los amigos agazapada tras el vallado del Ayuntamiento, hizo la conga en el baile de la alpargata con los pastores y un embajador americano que había caído por allí, probó los churros del Iruña con los primeros rayos redentores de la mañana, trasegó huevos fritos con clarete, después se perdió entre las caras asustadas de los niños de Pamplona con los gigantes y kilikis (los mismos a los que temía de mocosa por creer que se habían tragado a un hombre), se acordó con lagrimón de los que ya no están en las mullilas, subió por entre el gentío y el calor sofocante de Chapitela en las astas de la 'banda sonora de la gloria' del brazo de Enrique el ciego, disfrutó en la sombra, desquició y se desquició en el barullo tribal de la andanada de sol, lloró con el valor loco de Ferrera en la sombra, se perdió en las barras de la calle Olite, comió, bebió, sedujo, río... Y todo esto día a día, diariamente humana ella también. Al fin y al cabo "no hay nada que no arregle un pacharán con hielo" y del mal cuerpo... "chico, peor es que te coja un tren" . "El año que viene corro el encierro", dice RCG (ya no será la Pacharana hasta el 6 de julio del 2007), recordándome aquello de Bergamín a Juan Belmonte cuando le dijo que "solo te falta morir en la plaza". Si San Fermín me conserva la salud, el año que viene te llevaré al toro de fuego, pienso. Pero ella lo que quiere es Cuesta.Vivo está el bueno de Félix Domínguez, humano que toca los platillos en la Pamplonesa y abraza de verdad, que pregunta por el gorro de las cerezas de Apaolaza, y se atraganta cuando se entera que se fue con él. Vivo también el gran Mariano Pascal, que se durmió suavemente durante una retransmisión de Onda Cero por causa de un gran catarro fulminante y cuatro toros infumables de Osborne, con un bocata de magras con tomate y huevo entre las manos (Tú mocos y yo tos, vaya pareja para el premio Ondas). A sus 30, Mariano está que se sale y da para todo. Narra las corridas con justa acidez, prepara la merienda de los músicos del Muthiko, atiende a los amigos con sonrisa franca, le hace mimos a Laura y hasta lleva a hombros a ver a los gigantes a su Telmo, humano churumbel que es divina mezcla de los dos: tiene la belleza de su madre y se le adivina el corazón sanferminero de su padre y su abuelo, grande como un puño (nacido un 5 de julio), cuando se pone alerta al oir el estruendo de las trompetas a la vuelta de la esquina. El año que viene se lo pediré prestado un día para llevarlo a bailar con las peñas a la calle Pozoblanco o a las barracas. Miguel Ángel Eguíluz, el alma más rápida de la Estafeta, también es humano, pese a que no se pierda un moscatel mañanero en el Casino con otros grandes como Iñaki González o Pepe Agarrado, que a estas horas estará llorando por los rincones de su farmacia en Jerez de la Frontera. Su hijo menor está a punto de quitarlo de las astas. Todas las mañanas le pregunta preocupado: "Papá, ¿vas a correr? Es mejor que no corras". Miguel le dice que no, que solamente va a verlo, aunque el pequeño lo vea por la tele y luego le eche la bronca: "Me has mentido, papa. Has corrido". Quizás la inocencia y los miedos de un crío por su padre sean lo único que pueda hacerle dejar de sentir los pitones en la espalda a uno de los mejores que ha habido nunca dentro de un vallado. Esto, hasta que lo lleve a correr para disgusto de su madre, claro. Humano fue también Antonio Ferrera, al que le importó un pimiento del piquillo la muerte y las dos cornadas y se pasó por el arco del triunfo la torería moderna para cortar dos orejas y un rabo a un Victorino tobillero pese a todo. Y Castella, que hizo lo propio con uno de Osborne. Todos fueron vida pura. Como Paco y Campión, que no hay quien los acueste, y Jaime que gritó en la lidia del cuarto que "La vida puede ser maravillosa", que se entere todo el mundo, y Ricardo, que se despidió de soltero en la plaza vestido de vaca lechera al son de "no es una vaca cualquiera" y Beroiz, que se cayó en la marmita, y el pequeño de los Navarrete, que vuelve locas a las maduras y anda loco por un hueco en las astas, y el chaval que perdió los pantalones en la entrada al callejón para despiporre del personal, y los que no están, que siguen allí, a su manera, enviándonos energía para el resto del año, y Oroz, que le dedicó el Gallico "a los que piensan que el 15 de julio es el día más triste del año", y Luisito, el Sevillano que reconquistó Pamplona y sus sentimientos 25 años después, y Teo Lázaro, que ha vuelto al encierro hecho un pincel después de un año de cornadas, y aquella jotera que me cantó lo de "Si navarra se quemara, yo me echaría al fuego"... A todos ellos, gracias por haber hecho humano a este toro de un encaste perdido, aunque fuese sólo por ocho días. Gracias por hacerme vivir. El año que viene más, si Dios quiere. VIVA SAN FERMÍN!!!.
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