La Feria del Toro: Artículos sobre la Feria del Toro

MITOS DE LOS SANFERMINES: LA FERIA DEL TORO

Miguel Izu
Publicado en Diario de Noticias el 11 de Julio de 2000, véase la
página web del propio autor:

     Como dice algún cronista local, a estas alturas de los sanfermines la Feria del Toro deja paso a la Feria del Torero. Algo que pasa desapercibido a la mayoría ya que el público pamplonés, tanto el de sol como el de sombra, y en eso no es muy distinto al de otras plazas ­acabemos con el infundio de que Pamplona es en esto diferente, en casi ninguna ciudad habría corridas de toros si no fuera en las fiestas patronales y a la hora de la merienda-, ni entiende de toros ni entiende de toreros, ni le importa un bledo.
Aficionados, de esos de verdad que en invierno se van a ver pastar a los toros en las dehesas y distinguen un berrendo bizco de un jabonero veleto, sólo hay unos pocos, y como en todas partes del mundo ­los hay hasta en Nueva York o Estocolmo- forman una pequeña secta con jerga y rituales exclusivos. Espectadores que se enteran más o menos de lo que pasa en el ruedo y son capaces de distinguir al toro del caballo, al matador del picador, hay algunos más. Y luego está esa gran masa que acude a la plaza de toros porque es San Fermín y allí es donde está la juerga por la tarde, y sólo tienen una idea aproximada de por dónde queda el ruedo.
     Como el respetable a lo que va a la plaza es a divertirse y no a andarse con sutilezas, ya que le dicen que va a ver toros los quiere ver bien y los exige grandes, cuanto más grandes mejor, y que resulten lo más temibles que sea posible. Lo demás ­casta, bravura, y otras zarandajas- se la trae al fresco, hasta el punto de que puede aplaudir con entusiasmo si el toro salta la barrera, indiferente a que ello indique mansedumbre y no bravura, porque resulta mucho más divertido. Ahora bien, como le han dicho que la Feria del Toro de Pamplona es de lo mejorcito, también quiere ver a los mejores toreros, esto es, a los más conocidos, especialmente si salen en la prensa rosa ­bueno, en la prensa a secas, que últimamente casi toda va teniendo el mismo color-, para aplaudirles o para abuchearles, según estén los ánimos.
     Así que la empresa ­a la que los aficionados critican igual que en el fútbol hay que criticar a los árbitros, pero a la que en Pamplona al final se le perdona todo por la coartada de su carácter benéficosocial- tiene el criterio salomónico de presentar los primeros días las ganaderías más acreditadas y los toros más tremebundos con los toreros más necesitados de méritos para ascender en el escalafón, y los últimos días a los toreros de moda con, digamos, otro tipo de toros. La fórmula suele tener un resultado óptimo; el público pronto se cansa de ver toros pero no faenas ­con estos toros no se puede hacer ná, se excusan los toreros- así que está deseoso de otorgar trofeos a las figuras a nada que se esfuercen, y transige con cualquier cornúpeta que suelten en el ruedo. Y si algún día se produce la feliz coincidencia de un toro bravo con un torero inspirado llega el delirio y el presidente no da abasto de orejas suficientes para calmar el ardor del público.
     Y denunciemos ya ese otro mito sobre el público de Pamplona, el de que no hace caso a lo que sucede en el ruedo, lo que provoca la desesperación de algunos toreros y la negativa de otros a actuar en esta plaza. El público hace caso, pero sólo cuando le viene en gana, que para eso paga. Y le da la gana a veces, cuando en el ruedo hay espectáculo ­no arte, ni profesionalidad, ni valor, ni orden en la lidia, que son cosas por las que la mayoría no ha pagado la entrada, sino espectáculo, que para eso está en fiestas-. O sea, un toro escandalosamente inválido, un picador desmontado, un toro saltando la barrera, una cogida, un banderillero huyendo despavorido, un matador que no puede matar al toro después de tres pinchazos y quince descabellos y, por supuesto, una buena faena de las que piden pasodoble y olés. Y cuando no hay nada de eso en el ruedo ¿para qué va a hacer caso de lo que allí sucede?


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