
La Feria del Toro: Artículos sobre la Feria del Toro
Más feo que pegar a un padre
Crónica de Joaquín
Vidal,
publicado en "El pais" el 11 de julio de
2001 (toros de Adolfo Martín para Tomás Campuzano, Miguel Rodríguez y Javier
Vázquez)
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El primer toro, que le pegó una
cornada al banderillero Pedro Mariscal, estaba encastado y lucía
trapío; el tercero era más feo que pegar a un padre. Fueron los dos
polos (norte y sur) de la corrida. Por medio quedó todo lo demás y
habría que analizar ahora a dónde se acercaron más, si al polo norte o
al polo sur. Uno diría que al polo sur. No tanto por belleza como por bravura. Los toros de Adolfo Martín tuvieron casta algunos, bravura ninguno, mansedumbre en distinto grado la mayoría. Los toros de Adolfo Martín la verdad es que defraudaron ampliamente. Una pena pues en esta divisa había depositado la afición todas sus complacencias. Muchos aficionados vinieron de Madrid e incluso de remotos pagos para ver el juego de los pupilos de Adolfo Martín, ganadería con encaste puro Albaserrada -asegura el amo-, que era gala en los carteles de la pomposamente llamada Feria del Toro. Y se llevaron una gran decepción. No están los tiempos ganaderos -ni la fiesta- para llevarse decepciones de semejante calibre. Qué les podía suceder a los albaserradas de Adolfo Martín, sobrino del mítico Victorino Martín, no se puede saber. Pero su comportamiento puso en evidencia que no tenían ni fuerza ni bravura. No es que se cayeran (eso sólo le ocurrió a
alguno), mas tampoco eran capaces de romanear; ni siquiera de mover dos
palmos sobre la ardiente a la acorazada de picar. No es que huyeran de
la mencionada banda (eso sólo lo hizo el toro más feo que pegarle a un
padre), mas tampoco se recrecían al castigo. Los hubo que se dejaron
pegar sin rebelarse por ello, los hubo que se soltaban pronto de la
reunión varilarguera con el deliberado propósito de librarse de la
quema. Tomás Campuzano muleteó con muchas precauciones a ese fiero toro e igual al manejable que hacía cuarto. Siempre muy fuera de cacho, presentando la pañosa cuanto le permitía distanciarla el brazo, metiendo descaradamente el pico, el toreo -quiere decirse el toreo reunido de parar, templar ya mandar- resultaba imposible. Y eso sucedió aunque dilatara sus faenas intentando reiteradamente el consabido derechazo. Al último toro lo quitó Campuzano
por navarras. Se trataba no tanto del quite del perdón como del adiós
pues toreaba por última vez en Pamplona. Le despidieron con cariño y
hasta le regalaron de recuerdo un bonito San Fermincico. No en vano ha
sido triunfador de los sanfermines, donde toreó mucho con el pundonor
que ha caracterizado su larga carrera. La faena de muleta, abundante en
derechazos bien tirados aunque en ningún caso rematados, se coreó con
olés, recurrió a las manoletinas y cobró un estoconazo que le valió la
oreja. En el quinto, ya toro de seriedad y arboladura, repitió el alarde
de la larga cambiada a porta gayola, volvió a banderillear -ahora con
mejor ajuste-, y a torear por derechazos, que terminaban reducidos a
medios pases pues el toro, de poca casta, se quedaba corto. Hasta en las mejores familias puede nacer un garbanzo negro. Pero que sea más feo que pegar a un padre con un calcetín sudao y sacarlo en una feria de postín, no es de recibo, francamente. |