Germiniano
Moncayola
Este
pastor, chaparro y corajudo, tenía forzosamente que ser de
la Ribera. Su nombre huele -como un tomillo- a sotos y a Bardena,
y a ese afán mujeriego -tan de Tafalla bajo- de buscar en el
Santoral los nombres más barrocos para los hijos.
Esa color madura de su rostro, signado por cicatrices
de asta, se le curtió bajo el solazo de la Bardena, cara a
la giba dromedaria del Moncayo, en los sotos inmensos, macerados por
la pezuña de las reses, de esos toricos majos, rojos y escuetos,
nietos de aquellos Carriquiris cuyas astas eran navajas en el vientre
de los caballos.
Cuando él era mocete soñaría
en la plaza de Arguedas -moscas y sol- con ser pastor de toros y dibujar
a fuego sobre un cuerno grafías de Museo Etnográfico.
y en recortar a cuerpo limpio -un clavel en la boca- las vacas royas
de las capeas. En ser un mayoral de la Ribera, de los que el Guerra
había dicho en Pamplona, junto a Pepito Goicoechea, que trabajaban
con los riñones.
Tenía que haber nacido en la Ribera este pastor
de toros, recio, moreno de sol bardenero, templado de nervios como
una guitarra de jota, al que tantas tardes hemos visto junto a la
carretera alborotada de automóviles, recortando su estampa
ancestral sobre el soto bordeado de tamarices, cuando la tarde cae
desmayada en el lomo áspero de los toros y una luna taurina
asoma por el ruedo del cielo sus dos astas de estaño.
Este mayoral treintañero cuya camisa blanca reluce
entre los cuernos, tras la riada de los valientes, en las mañanas
ungidas de emoción, de los encierros de Pamplona.
Con su blusica negra al brazo y su palo en la diestra; jugándose
la vida a cuerpo limpio, con la sonrisa a flor de labios de quien
no da importancia a lo que hace.
Que hace seis días, cuando la tragedia signaba
de emoción los Sanfermines, robó al toro su presa, coleándole,
y lo tumbó sobre la arena removida del callejón con
la bravura de un Urso de epopeya y la belleza arcaica de un bajorrelieve
celtíbero. Que cuando el toro alzóse, se lo llevó
a la plaza prendido en los vuelillos de su blusa, indiferente al clamoreo
que levantó su hazaña, como diciendo a todo aquel gentío:
«Así hacemos las cosas allá abajo».
Y una mañana, cuando las gentes, desde Biarritz
hasta Sevilla, se hacían cruces de su valor, Germiniano Moncayola
se vino a la Ribera entre un clamor campestre de esquilones, con los
mansos de Alaiza: con el negro, con el mogón y con el jabonero
de los encierros. A abrazar a su esposa, a besar a sus hijos, y a
seguir, bajo el sol de Murillo, cuidando de los toros hasta que una
luna torera apunta sobre el ruedo del cielo sus dos astas de estaño.
José María
Iribarren
1932