
La Feria del Toro: Artículos sobre la Feria del Toro
Paco Aguado
Publicado en el número 316 de la Revista 6 Toros 6 (Julio de 2000).El ejemplo de Madrid está cundiendo. No en las exigencias más o menos disparatadas de su público, ni en la presencia del toro, ni en ninguna de esas circunstancias fiscalizadoras de que presume la afición de Las Ventas, aunque también algo de todo eso hace tiempo que se extiende como mancha de aceite. Pero, no. Esta vez nos referimos a esa forma de entender el negocio del espectáculo taurino que amenaza con relegar a un segundo plano lo más sagrado de la tauromaquia: el propio toreo, el triunfo de los toreros, la bravura, la pasión y la emoción que antaño atraían a las gentes a las taquillas de las plazas, obviado todo por la maximización de beneficios.
Así está pasando en la propia Pamplona, en esa su llamada "Feria del toro", que más bien debería llamarse "del toro manso", que sufre, o disfruta, de la tremenda paradoja de ver abarrotados sus tendidos para ofrecer, como Madrid, el anti-espectáculo taurino. Son muchas las concomitancias entre ambos cosos y una sola, y fundamental, la diferencia: que los beneficios que obtiene la Casa de Misericordia redundan en una buena causa, como es la de la atención a los mayores, y que toreros y ganaderos cobran unos honorarios muy acordes con esos tremendos ingresos que entran cada año en las arcas de la institución.
Demanda desbordante
Acto social también, los sanfermines gozan de una demanda de entradas muy superior a la oferta. Las calles aledañas a su plaza de toros son durante los ocho o nueve días de la feria un hervidero de reventas llegados de todas partes al reclamo de unos sustanciosos superávit. Cientos de estos personajes asaltan sin recato al visitante a sabiendas de que harán negocio toree quien toree, se anuncie quien se anuncie. Si los sanfermines son la gran fiesta del derroche, una bacanal pagana de vino y toros, tampoco quien los encara por lo grande escatima en gastos para poder disfrutarlos al completo. Y la corrida de toros es, sin duda ninguna, el mejor sitio para dejarse ver con holgura entre tanta aglomeración caótica en cualquier tipo de actos y diversiones.
El tirón taquillero del santo es, aquí también, el grave problema que amenaza con subvertir la esencia taurina de una Pamplona que ha sido escenario de grandes páginas del toreo presenciadas por una afición antaño asolerada y entendida. Con muchos y multimillonarios ingresos de todo tipo, la Casa de Misericordia y sus representantes en la organización, han ido tomando poco a poco el mismo camino que la empresa de Las Ventas, diseñando ferias con muy escasos atractivos, basándose en el pretexto del supuesto torismo de los navarros para contratar carne y pitones con muy pocas garantías de éxito y abundando en la zona media del escalafón para colocar mayoritariamente enfrente de esos encierros a toreros que, aunque muy bien pagados, no exijan muy desmesurados emolumentos. Y así sucede que, sobre el papel y sobre el ruedo, cada uno de esos espectáculos nace condenado irremediablemente al fracaso o a un resultado escasamente lucido en medio de un ambiente radicalmente antitaurino y desmotivador. Hace tiempo que en Pamplona el toreo brilla por su ausencia.Pagar por no ver
Las corridas sanfermineras se han convertido en un acto más de la fiesta, el que cubre esas dos horas tontas de la tarde que van desde la opípara comida hasta la suculenta cena, y que se ocupan en una abundante merienda antes de las copas y del baile. Así se lo toman los que van al sol y también los de la sombra. Unos, los de las peñas, porque siguen de fiesta, ajenos por completo a lo que pasa en la arena salvo cuando alguno de los de luces les solicita su atención con un golpe de efecto. Y otros, los de la sombra, porque acuden a la plaza con el mismo espíritu distante y desapasionado con que lo hacen los agasajados de los tendidos madrileños.
En ese sentido, y como ejemplo ilustrativo, me contaba un buen amigo que el año pasado, al cruzarse con un conocido en la entrada de las peñas a la plaza, éste le preguntó sobre la composición del cartel de esa misma tarde:
-"Jaime Ostos, Paco Camino y Diego Puerta", le respondió.
-"Ah, pues esos son buenos, ¿no?", inquirió sin demasiado entusiasmo el del blusón, mientras seguía andando para la plaza dándole tientos a una botella de güisqui.
En este contexto de despreocupación general por el toreo, no hay que perder de vista que los beneficios en Pamplona llegan a ser espectaculares: a ojo de buen cubero, proporcionalmente muy superiores a los de Madrid, pues su plaza presenta el segundo mayor aforo de España -con alrededor de 20.000 localidades- a lo que se une, con habituales carteles de "no hay billetes", el desembolso de la televisión digital. Tampoco hay que olvidar las entradas de los encierros y su retransmisión, las del apartado -a casi 1.000 pesetitas del ala- y las de los corrales del Gas, las almohadillas y los bares, pues sólo con estos últimos capítulos dicen que la Meca obtiene suficientes ingresos como para pagar la corrida de cada día. Y así ha sido como, poco a poco, la importancia del gran negocio sanferminero ha ido tomando preponderancia con respecto a la de los resultados artísticos, que cada año van descendiendo hasta las profundidades de la nada.El encierro sobre todo
Pero San Fermín es famosa en el mundo entero. En Pamplona importa más la fiesta que la Fiesta, y, sobre todo, importa el encierro, que puede contemplarse cada día en cualquier rincón del planeta a través de la televisión, y ahora hasta de Internet. Incluso para los navarros, la corta carrera entre los corrales de Santo Domingo y la plaza de toros es algo mucho más importante que la corrida. Para el comentarista y experto televisivo de los encierros, incluso llega a ser "el acto más serio de los sanfermines", como si quedarse quieto, con la muleta en la mano izquierda, delante de aquellos tremendos pitones que empujan seiscientos kilos de músculo fuera una frivolidad comparado con la "valerosa y arrogante carrera de los mozos".
En fin, que aquí el encierro, emocionante y atractivo pero secundario, se toma como la parte central de lo taurino, y es analizado cada día en sesudos coloquios y reportajes que intentan desentrañar la "técnica" de un caótico galope de toros y hombres. Todo, además, hecho sobre bases estadísticas, infografía y demás elementos de la modernidad periodística.
Pero, a pesar de tanto experto, todavía está por llegar quien intente un estudio mucho más interesante, el que trate de definir la influencia negativa de la carrera -la positiva ya concluyeron hace tiempo que era el quitarles el estrés a los toros- en el comportamiento de las reses en el ruedo. De momento, hasta hoy martes 11 de julio, a casi todos los toros lidiados les ha costado un mundo humillar, descolgar su cuello, tal vez acostumbrados en esos escasos minutos del encierro a topar y a arrollar corredores sin necesidad de bajar la cara. Es tan sólo una sospecha, pero bien podría llegarse, con una detenida observación, a sabrosas conclusiones en este sentido, sobre todo cuando el toro que corre el encierro está bajo de casta y bravura y aprende a defenderse en esa antesala de la pelea que sucede a las ocho de la mañana.
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