Feria del Toro: Los Toreros de la Feria del Toro: El rincón de Ordóñez
Por Ricardo Ollaquindia, Publicado en la Revista de 1999 del Club Taurino de Pamplona
La hora de la muerte toca para
revivir recuerdos. Y si el finado es famoso toca revisar archivos,
releer periódicos y escribir artículos "in
memoriam". La muerte del torero Antonio Ordóñez,
el 19 de diciembre de 1998, tuvo ese efecto rememorativo, y en
su caso se amplió a campos ajenos, aunque conectados, al
toreo, como la literatura, el arte o el cine.
En la prensa internacional se comentó la estrecha relación
de amistad que surgió entre el maestro de Ronda y el escritor
Ernest Hemingway o el cineasta Orson Welles. En la local se recordó
su vinculación personal con Pamplona y las fiestas de San
Fermín, una ciudad a la que acudía como figura de
cartel y como aficionado de calle, a lidiar toros, a correr encierros,
a bailar con la Peña Oberena, a dormir en el Yoldi, a comer
en Las pocholas, a fotografiarse en barrera con Ava Gadner o Deborah
Kerr o a participar en festivales a beneficio de la Meca.
Pero Antonio Ordóñez seguía siendo amigo
de Pamplona después del Pobre de mí, cuando la ciudad
recuperaba su otra personalidad y se aplicaba al trabajo, al estudio
o a la empresa. Antonio Ordóñez volvía de
vez en cuando a Pamplona, porque aquí tenía amigos
y cosas que hacer, más o menos relacionadas con su profesión.
Yo recuerdo uno de esos viajes, para tomar parte en una representación
ideada por un empresario navarro. Antonio Ordóñez
corrió en varios de los encierros de Sanfermín.Parece
cosa de cuento o guión de película, con americanos
que pasan de largo. Pero sucedió. Fue a finales de la década
de los cincuenta, cuando habían nacido aquí varias
industrias auxiliares del automóvil. Para prosperar y poder
ser suministradoras de las fábricas de vehículos,
tenían que conseguir licencias extranjeras. Una de ellas,
fabricante de frenos, había iniciado negociaciones con
una firma norteamericana de primera línea. El empresario
estaba preocupado. Fabricaba productos de alta calidad, pero sus
instalaciones, situadas en el barrio de la Rochapea, eran poco
presentables.
Esperaba una visita de inspección de directivos americanos,
y no sabía qué hacer para que estos firmaran el
contrato sin ver los talleres. Un día, estando en el Hostal
del Rey Noble, se le ocurrió una idea. Observó que
en otra mesa del comedor se hallaba Antonio Ordóñez,
conocido de fiestas y amigo. Se acercó a él y tras
un rápido saludo le preguntó a ver si el día
que él esperaba a los americanos podía estar allí
mismo y a la misma hora. Antonio Ordóñez le dijo
que si, que no tenía ningún problema.
Entonces le expuso su proyecto, su preocupación y su plan.
El argumento que después se realizó con la colaboración
estelar del torero se desarrolló en tres lugares: en Las
Pocholas, en una placita campera y en las oficinas de la fábrica.
Hemingway con Antonio Ordóñez.Llegado el
día convenido, los americanos fueron recibidos en el aeropuerto
de Biarritz y trasladados por Belate a Pamplona. Para almorzar
les llevaron a Las Pocholas, donde tenían mesa reservada.
Cuando estaban con los postres, el empresario, haciendo muestras
de saludo a un señor que se encontraba en otra mesa, les
dijo confidencialmente a los invitados:
"¿Han oído hablar del famoso torero Antonio
Ordóñez, el preferido del no menos famoso escntor
Ernest Hemingway? Pues está ahí, es ese señor.
Es muy amigo mío, y si ustedes quieren, puedo pedirle que
se preste a demostrar su arte ante ustedes, en una placita o tentadero
que hay cerca de aquí. ¿Les gustaría? Voy
a proponérselo, a ver si puede".
Antonio Ordóñez fue presentado a los americanos.
Casualmente podía, tenía la tarde libre y llevaba
en el bolso los trastos de torear. La sobremesa se animó
con el tema taurino. Posteriormente les llevaron a un pueblo
donde había una ganadería de reses bravas. Allí,
con unos becerros, el maestro hizo gala de sus mejores lances
ante el grupo de amigos y admiradores. Los americanos aprendieron
a jalear los primeros "olé". Finalizada la capea
y la incursión en el alucinante mundo del toreo, volvieron
a Pamplona a cumplir su agenda. Cuando llegaron a la fábrica
ya atardecía. Al entrar, los americanos, con ojos brillantes
y alegres, saludaron con un "Hello girl!" a la telefonista.
Permanecieron en el despacho de dirección unos cinco minutos,
no más. Al salir, el empresario nos dijo: "Ya tenemos
el contrato firmado".
Los personajes principales de la historia han desaparecido de
la escena: Manuel Ros, Manuel María San Juan, presidente
en 1961 del Club Taurino, Antonio Ordóñez, la empresa
Frenos Urra, los americanos de Bendix... Sólo queda un
secretario para contarlo.
Aquella tarde de Ordóñez en el campo no tuvo eco
en crónicas taurinas, pero no podía quedar en el
tintero. Ese detalle del maestro, de peón de lujo, con
amigos de Pamplona, facilitó los trámites de una
negociación industrial y contribuyó al éxito
de una empresa navarra.
© Ricardo Ollaquindia y el Club Taurino de Pamplona.
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