
Feria del Toro: Artículos sobre la Feria del Toro
El rabo de la señora presidenta
Crónica de Pablo García Mancha publicada en "Diario de
Noticias" el 15 -7-1994
Pamplona 14 de julio toros de Osborne para José María Manzanares,
Espartaco y Jesulín de Ubrique
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Nota de R:
este artículo fue publicado en
Diario de Noticias el
viernes 15 de julio de 1994 en la página 43. Ese mismo día,
Alfredo Jaime, alcalde del Ayuntamiento de Pamplona, llamó a
Fernando Múgica, director de citado medio, y le exigió que
el autor de dicho artículo fuera desvinculado del periódico
inmediatamente, cuestión a la que Fernando Múgica accedió sin
contemplaciones. Al autor del artículo se le impidió subir a la
redacción y el director del Diario de Noticias, no accedió a recibir
al redactor fumigado, que tuvo que rehacer su vida en otro lugar.
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La concesión de un rabo en una plaza de primera categoría como se supone que debiera ser la Monumental de Pamplona es un acto singular, irrepetible y de unas dimensiones desconcertantes. La concesión de un rabo como el que otorgó María Teresa Moreno a Jesulín de Ubrique es un hecho ridículo, lamentable y coloca al taurinismo de nuestra ciudad en el ojo del huracán. Un rabo trapisondista fue. Un rabo que tiene que ponerse en letras de luto en todas las crónicas que tras la tarde de ayer sean redactadas con ecuanimidad. Este rabo es la esencia del despropósito, de la incompetencia y del querer quedar bien con tirios y troyanos. Y por ser condescendiente se hace el ridículo, el tonto y hasta el imbécil. Lo del palco de Pamplona no tiene nombre posible: se permiten todas las ventajas del mundo, léase los puyazos traseros, los monosabios que arrean interminables varazos a los jacos cuando sujetan las embestidas de los astados, la deficiente colocación de los picadores en la plaza cuando se ejecutan los puyazos, etc… Así, infinitas negaciones del buen orden de la lidia, que ayer tuvieron su total culminación, la más desgraciada y la más onerosa que una ciudad como Pamplona pueda recibir. Fue la apoteosis del taurinismo ramplón, del que no respeta ni la integridad del toro ni el derecho de todo aficionado a contemplar un espectáculo íntegro. Fue su victoria, y a la vez la amargura del hombre que quiere la fiesta, que desea que las cosas se hagan con despaciosidad. Y han vencido, desgraciadamente han sentado sus reales en una plaza en la que el toro era el máximo protagonista. Los taurinos convencerán a las figuras para que vengan a la Feria del Toro, paseen su palmito por la Monumental y se lleven las 40.000 orejas que caben en el coso, sin contar con las de los toros. Una pena,
pero es necesario que se replantee es funcionamiento del cotarro de las
presidencia de la feria de una vez. Se conceden orejas sin criterio, se
impide que se vea la suerte de varas con pureza. Permite que se pique
trasero, que sucedan cosas en los corrales como los trasiegos que se
vivieron el día de los pablorromeros y demás desmanes que colocan a
Pamplona a la altura de plazas de talanqueras. En fin, ya nada importa.
La feria se ha terminado con una corona negra, con una corona que en
forma de rabo regaló la señora presidenta y todo el palco al completo a
la concepción más ventajista y vulgar del arte del toreo. Menos mal que
nos queda la fragancia del sublime toreo de
Emilio Muñoz. Yo, cuando el espigado ubriqueño recetaba toda su
colección de mantazos, arrimones y demás floripondios de su repertorio,
cerraba los ojos y me dedicaba a recordar los sabios naturales del
trianero. Se lo juro: no había color. La muleta del diestro nacido en la
calle Pureza parecía una leve hoja de laurel comparada con el telón del
Teatro Gayarre que había pedido Jesulín para su apoteosis. Me quedo con
Muñoz, con Mora y con el nombre de esos
toreros que hacen las cosas con autenticidad y que caben sus nombres en
el envés de un billete de metro. Y no sólo es una cuestión estética, es
una cuestión de principios. Así de claro. Una cuestión que o se pone con
letras negritas o se acabará con la fiesta en su integridad. Los aficionados están de luto, y si se me apura, hasta de mala leche. La corrida de ayer fue un despropósito de principio a fin, una tarde triunfalista que se pagará cara. Seis toros sin trapío suficiente para Pamplona que propiciaron gracias a su descastamiento y su borreguez una tarde inolvidable para los taurinos apócrifos pero de recuerdo desgraciado para los que aman la feria de Pamplona y lo que debe ser la lidia de un toro bravo. O los taurinos se plantean sus desvaídas aficiones o no hay nada que hacer. El rabó que concedió la señora presidenta ha sellado con una losa de granito el rito del toreo, de la afición y de todos aquellos que sienten con nobleza la fiesta. Ya falta menos para el próximo rabo.
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