
Antonio Díaz Cañabate en el patio
de cuadrillas de Pamplona con Paco Camino y el escultor
Sebastián Miranda.

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Antonio Diaz-Cañabate
(Madrid, 1898 - Madrid 1980) no empezó a ejercer la crítica taurina
hasta 1958. Sí había escrito antes bastante de toros. Sus columnas
semanales de "El Ruedo" ácidas y críticas con el toreo de los años
cuarenta, añorantes del toreo anterior al peto de picar -y de todo el
toreo anterior en general- contribuyeron a crearle un raro prestigio.
Antes de ser reclamado en la primavera del 58 por Luis Calvo para
hacerse cargo, con sesenta años cumplidos, de la crítica taurina de ABC
-puesto que ocupó hasta 1972-, Cañabate ya había publicado, además de
una densa obra postcostumbrista, un original libro por varios razones:
no tiene parentesco con ningún libro de toros al uso en su tiempo, tiene
una fortísima carga de reporterismo costumbrista y es, antes que nada,
una apología absoluta de Domingo Ortega, con quien Cañabate mantuvo una
amistad íntima. En realidad, en toda la producción taurina de Cañabate
está presente de manera muy radical lo que podríamos llamar el
pensamiento taurino de Domingo Ortega. A pesar de que Cañabate fue
hombre de espíritu bondadoso y generoso -eso se trasluce en toda su
amplia obra costumbrista y hasta en la taurina-, sus gustos taurinos
estaban anclados en sus años de juventud. Hay que exceptuar su pasión
particular y sin fisuras por Domingo Ortega, surgida en 1931 a raíz del
estallido del torero de Borox.
El propio Ortega -un hombre de extraordinaria inteligencia natural-
había anclado su concepción del toreo en la fiesta anterior a la Guerra
Civil. O mejor dicho, en el toreo anterior a Manolete. Es bien sabido
que la irrupción de Manolete supuso el arrumbamiento de Ortega. Y si no
el arrumbamiento, si su caída como primera figura del toreo -la primera
de todas las figuras-, que es lo que Ortega había sido en los años de la
República. Por muchas razones que no hacen aquí el caso, Ortega sintió
que el toreo entró en decadencia después de la Guerra Civil y pasó a
ser, incluso antes de su retirada, un abanderado más de esa
inextinguible especie de taurinos alimentados por el fuego fatuo de la
"eterna decadencia" del toreo. Cañabate abrazó esa causa ciegamente.
OBSESION DE SER AMENO
Pero de lo que se trata
aquí es de evocar lo que Cañabate contó de Pamplona durante sus tres
primeros Sanfermines (1958, 1959 y 1960) como enviado especial de ABC.
Una editorial de vida efímera -Capela-, creada y dirigida por los hijos
del historiador Ramón Carande, editó en 1961 las crónicas de las
corridas de toros que Cañabate publicó en ABC durante esos tres años.
El resto de la crítica taurina de Cañabate en ABC yace enterrada en las
hemerotecas En esas sólo diecinueve corridas sanfermineras está en
plenitud, sin embargo, la manera de hacer de Cañabate como crítico y su
visión del toreo como un espectáculo que le provoca más aburrimiento que
interés.
Sin embargo, Cañabate tenía como cronista taurino la obsesión de ser
ameno. "Bien necesitan las corridas de toros de la amenidad que
otrora tuvieron”, escribe en el prólogo de esa colección de Capela.
Y en seguida "¡Ardua labor describir lo aburrido, lo monótono, lo
mustio! La fiesta de los toros pasa por un mal momento. Soy pesimista.
Temo por el porvenir de la fiesta de los toros". Ese temor pesimista
acompañó a Cañabate hasta el día en que dejó colgada su pluma taurina.
Su intención de evadirse del tedio inmenso que le producían las corridas
de toros se tradujo, en sus crónicas, en un énfasis de las
circunstancias que rodeaban al espectáculo pero ajenas al toreo en sí.
Si se lee a Cañabate , resulta casi imposible llegar a entender cómo fue
el toro de su tiempo. Y por eso, muy difícil también entender la
evolución tan importante que la fiesta sufrió en los años sesenta. Una
evolución destinada, entre otras cosas, a garantizar precisamente el
porvenir de la fiesta.
COMENTARIOS DE LA PRIMERA
CRÓNICA
En su primera crónica de San
Fermín - 7 de julio de 1958- Cañabate habla de un toro de Guardiola que
le parece "magnífico", "uno de los toros más alegres que he
visto hace tiempo. No le pudimos ver mas que una vez arrancarse a los
caballos porque Gregorio Sánchez le cambió con una vara". De una
corrida de Arranz que ve un día después, Cañabate , muy en taurino,
escribe que "se ha dejado torear". De la de Sepúlveda de Yeltes
jugada al día siguiente sentencia: “Una corrida insoportable de
aburrida".
Pero el ir a la plaza siguiendo a la banda de música, el ambiente de las
charangas y las fanfarrias, la gastronomía -califica de "insignes"
las alcachofas de Tudela-, la visión del encierrillo y un par de
encierros, el recuento divertido de prendas y regalos que se tiran a los
toreros y el espíritu hospitalario de Pamplona -"hacerse amigo de un
pamplonica es de lo más fácil", anota, todo eso, en fin, compensa a
Cañabate de la "ardua" tarea de contar los toros Pero no sólo
eso, Antonio Ordóñez le produce una notable fascinación, "su
facilidad se apoya en las normas del toreo clásico que creímos inmutable",
juzga, pero Cañabate protesta del público: "Maleado por el mal gusto
imperante", dice.
El título de la primera crónica que Cañabate escribe en los Sanfermines
del 59 ahorra cualquier comentario:"Una siesta, malograda tontamente".
El de la segunda “Una columna providencial” necesita una
explicación: gracias a esa columna de grada que le tapa parcialmente la
visión, se ahorra ver la mayor parte de una "corrida que ha sido un
tostón". Unas verónicas de Pepe Luis Vázquez le saben en la tercera de
feria a "fresas del bosque" “perfumadas , aromáticas ,
sabrosísimas"- y una faena de Gregorio Sánchez -un torero que en sus
comienzos provocó el interés de Domingo Ortega-le parece "admirable".
Tras la corrida, felicita efusivamente al ganadero, su buen amigo Álvaro
Domecq, Cañabate elogia desmedidamente en la cuarta de feria la fiereza
de una corrida de Pablo Romero que provoca un "completo desastre
toreril". Sarcástico, apostilla Cañabate: "Delante de los toros
de Pablo Romero los mozos de Pamplona han corrido con mucho mejor estilo
y valentía que los toreros por la tarde". Al día siguiente, con la
corrida de Miura, "me aburrí como un hongo", confiesa Cañabate, y
añade:
“Qué falta le está haciendo a la fiesta la tormenta de un torero que
rompa con el trueno de su toreo, con el relámpago de su arte, con el
rayo de la estocada, con el viento de lo clásico, de lo variado, la
abrumadora monotonía de esta fiesta en otro tiempo luminosa y hoy
mortecina como luz que se apaga". En la quinta, saluda a Diego
Puerta como "el héroe de estos Sanfermines" y, al concluir la
feria, dice que el toreo de ahora es a la verdadera fiesta como "una
parodia grotesca".
MUCHO AFECTO POR PAMPLONA
Pero vuelve en 1960 a
Pamplona.
Una pelea de dos pabloromeros en la desencanjonada -saldada con la
muerte de un toro- le provoca una emoción sin límites y muy llamativa.
Pero al día siguiente la corrida de Villamarta le parece “pesadísima” ,
y se detiene más en contar la actitud de una peña de francesas de Mont
de Marsan en los tendidos que en decir lo que Ostos, Mondeño y José
Julio hicieron.
Tres toros de la corrida de Álvaro Domecq del día 9 de julio se los pasa
Cañabate comiendo un monumental bocadillo de magras mientras contempla
con envidia cómo unos compañeros de localidad se zampan una pierna
gigante de carnero. Pero esa misma tarde se recrea con Curro Romero -uno
de sus toreros predilectos y visto por él además, con particular
agudeza- y adivina en Paco Camino más vicios que virtudes. La corrida de
Miura la resume como un "vendaval de pánico". Admira una tarde
después el clasicismo de Ordóñez -por contraste con las modas, "su
toreo es como contemplar un palacio del Renacimiento junto a un
rascacielos", insiste en la personalidad de Curro Romero y reconoce
la valentía de Jaime Ostos. Y, en fin, Ordóñez, Ostos y Camino le
convencen, aunque la fiesta, en el remate de San Fermín, le sigue
pareciendo "monótona" y "automática".
Cañabate , un admirador incondicional de la obra de la Casa de
Misericordia y del criterio taurino de Sebastián San Martín -el
inventor, digamos, de la Feria del Toro-, sintió por Pamplona un
especial afecto que vivió con él hasta el último día que escribió de
toros. Era un afecto sellado, además, con sangre, pues en un festival en
los años cuarenta un novillo le había herido en la plaza. Por capricho,
Cañabate había hecho el paseo vestido de corto y, aunque no intervino en
el festejo, el novillo le hirió en un burladero. De esa sangre vertida
se sentía divertidamente orgulloso. Tanto como de su nostalgia del
pasado o de su intención de crear con sus crónicas taurinas un espíritu
de rechazo del toreo moderno. De hecho, Cañabate fue hasta 1968
aproximadamente un crítico de gran influencia.
"No vamos sembrando en terreno pedregoso", se ufana en una
crónica de la primavera de 1960. Pero tampoco entendió el sentido y el
fondo del toreo de su época. El se había quedado en el Domingo Ortega de
1936.
Ignacio Álvarez Vara "Barquerito" |